La espiritualidad del adviento es bellísima y muy clara. Este domingo comenzamos el año nuevo litúrgico y con ello el Adviento. El bellísimo tiempo que se cimenta sobre cuatro grandes pilares. El primero de ellos es una dinámica de atención. San Pablo lo dice de manera muy elocuente con estas palabras: “es hora de despertar del sueño” (Rm 13,11). Toda espiritualidad consiste en atención, vigilancia. Quien no está en vela, es decir, quien está dormido no puede velar, vigilar, estar atento.
La espiritualidad del adviento consiste en abrir los ojos y mirar con atención. Mirarme y descubrir qué tan listo estoy para la llegada del Señor. Puesto que no podemos perder de vista que el Adviento es un medio para llegar a la navidad, no se trata de un fin en sí mismo.
La verdadera espiritualidad lleva a la dinámica del perdón. Lleva a reconocer que el amor de Dios ha sido tan grande y derrochador conmigo y que mi respuesta no ha sido la mejor, que no he sabido estar a la altura. Por eso, mirándome como el Señor me mira y dejándome encontrar por Él, que es un torrente de aguas limpias, le suplico el perdón. Cuando Dios concede su misericordia, nos ofrece la luz que necesitamos para poder enderezar nuestros caminos, hacer rectos los senderos y ver al Salvador (Lc 3, 4.6).
La espiritualidad no es una cuestión intimista, no se trata de abrazar algo que me pertenece sólo a mí y quedarme quieto ante esa seguridad. La espiritualidad del adviento (que es la espiritualidad cristiana), nos pone de cara a los demás, especialmente a los más indefensos, nos hace responsables y colaboradores en favor de los pobres para tenderles la mano, en favor de los ciegos para ayudarlos a ver, en favor de los cojos para ayudarlos a caminar, en favor de los que van muriendo para comunicarles la vida.
En la vida nos asaltan dudas, vienen temores que nos hacen titubear y nos detienen, tal como le pasó a José que no sabía qué hacer. Pero él nos enseña la importancia de escuchar la voz del Señor, que es la voz más clara y fuerte, que nos pone en marcha, que nos hace superar los temores y nos coloca de cara a la vida, actuando con decisión y ternura, con fortaleza y valentía. La vida en el Espíritu a la que nos traslada el adviento es una aventura formidable porque nos pone en la dinámica de la maduración cristiana.