Este próximo siete de octubre se celebra la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Una fiesta que goza de gran estima por todos lados. Ella misma se le apareció a santo Domingo y fue quien, como una madre tierna y amorosa, le enseñó a rezar para que, a su vez, este sacerdote enseñara a muchos el inigualable ramo de rosas hecho oración, que ella ha regalado al mundo. Se trata de una fiesta entrañable en el seno de la comunidad cristiana, pues no hay un sitio en el que no se rece el rosario, invocando la intercesión de nuestra señora.
Una de las justificaciones de esta fiesta fue la victoria en la batalla de Lepanto, en la que, ante la invocación de ella, se consiguió la victoria frente a los enemigos. En muchas regiones de Europa se observan retablos enteros y ermitas bellísimas dedicadas a ella, lugares de los que se cree hubo guerreros en dicha batalla. Cada vez que se reza el rosario, experimentamos en carne propia que es María quien nos ayuda a salir victoriosos en tantas batallas que todos tenemos que enfrenar diariamente. El rosario es un arma poderosa contra el mal y un medio eficaz para obtener la verdadera paz en nuestros corazones, asunto de vital importancia en el presente. ¡Cuánto urge la paz en todos los niveles! El misterio del mal que tanto daño hace se puede enfrentar juntos con María. Ella que conduce a Cristo y ayuda para hacer frente a toda la dinámica que corrompe los ambientes de la vida. Ella intercede para vencer al enemigo, en todas las facetas de las que se reviste. Ella acompaña a la comunidad para ser cada vez mejores discípulos de su Hijo.
San Juan Pablo II ha enseñado que el Rosario también forma parte de la oración del corazón, es una verdadera contemplación que coloca en lo que muchas tradiciones han llamado la oración del corazón. Como ha insistido el Papa Francisco: “El rezo del Santo Rosario sea ocasión para penetrar profundamente en el misterio de Cristo que obra en nuestra vida; amen el Rosario, para que dé consolación y sentido a vuestros sufrimientos”. Cada vez que nos acercamos a esta simple pero profunda oración, sentimos el incomparable abrazo de María. Que nos acompaña en todos los acontecimientos de la vida, en las luces y sombras, en las alegrías y en las tristezas que son propias de la vida humana.