¿Se ha sentado en la presidencia de los Estados Unidos un personaje impredecible o subversivo como el archienemigo de Batman, el Joker? Como forma de negociar, Donald Trump es enemigo de todas las certezas. Es el síntoma de formas de rebelión posmodernas que nadie ha sabido anticipar.
Pareciera que Trump se ríe de todos como si fuera el Guasón. Cuando se le escucha hablar, parece que seguimos un diálogo de ficción que niega los acuerdos internacionales y la etiqueta como el guionista que puede escribir cualquier cosa en un comic.
Puede parecer una hipérbole mediática comparar a ambos, pero si se toman como símbolos de disrupción, podemos encontrar paralelismos asombrosos en cómo utilizan el espectáculo, la narrativa del resentimiento, la demolición de las normas establecidas para obtener poder y atención. El “Príncipe Payaso del Crimen”, el “outsider”, usa el maquillaje, su apariencia grotesca para desarmar y aterrorizar en una psicología del caos. Donald Trump también es un maestro del espectáculo que busca audiencia, no solamente el poder, usando su marca personal.
Trump usa su imagen de éxito —el cabello, la corbata larga, los edificios dorados— como garantía de que tiene razón. Ambos entienden que en la era de la imagen, ser memorable es más importante que ser coherente. El Joker se ríe de lo que nadie debería reírse (la muerte, la tragedia). Trump utiliza el humor, el sarcasmo y los apodos para romper el decoro político. Ambos utilizan la risa como una herramienta de exclusión: si te ríes con ellos, eres parte del “círculo interno”; si no, eres el blanco del chiste. Ambos desprecian las instituciones porque son corruptas e inútiles.
Aunque usen métodos similares, puede haber una ligera diferencia en los fines, en palabras de Alfred, mayordomo de Batman: “Hay hombres que solo quieren ver arder el mundo”. En cambio, la motivación de Trump es construir una versión específica del mundo bajo su nombre. Sólo ellos pueden dar un orden permanente al caos que, muchas veces, ellos mismos han construido para dar voz a quienes han sido despreciados u olvidados por un sistema discriminatorio contra él y sus seguidores. Encarnan la venganza de la clase trabajadora contra el sistema globalista.
Pero en lo que sí se parecen ambos es a la política tradicional, en la maleabilidad de la realidad, de que la verdad es subjetiva o secundaria a la narrativa política. Si el Joker distorsiona los hechos, Trump repite una versión de la realidad hasta que se vuelve la verdad para sus seguidores, sin la evidencia empírica. Uno y otro deshumanizan a sus rivales. Buscan romper el espíritu y la capitulación del adversario. Al final, ambos se vuelven la imagen de la pérdida de fe en las instituciones.