Educación de calidad. ¡Cuánto escuchamos hablar del tema! Pero, ¿qué es la calidad? ¿Un archivo ilimitado de datos como los famosos savants o eruditos que derrochan memorización o cálculos matemáticos? Pero si por “calidad” entendemos pensamiento crítico, discernimiento de la verdad de la falacia, capacidad de análisis en la resolución de problemas, valoración de la experiencia empírica sobre los supuestos hipotéticos y subjetivismos, nos enfrentamos a una calidad educativa diferente de aquella que está comprometida con la política de Estado o el caudillo en turno.
Visto de esta manera, ¿quién sabe cuánta educación de calidad sería impartida a través de la red de escuelas públicas financiadas por el Estado? Una educación que se transforma y es transformadora de la condición política, social, educativa o económica de un país, es semejante a un paciente que se opera a sí mismo, sin anestesia, sin ayuda y con sus propios recursos, absolutamente responsable de los resultados de sus acciones, sin posibilidad de transferir el costo de sus decisiones a nadie más. Difícilmente un país con una ideología conservadora, estatista o estacionaria, la aceptaría.
¿Quién financiaría una educación que cambia el balance de poder, no es fiel a la etiqueta política, propone cambios incómodos o deja en evidencia programas o conductas fallidos? ¿No conviene más una población educada para vivir agradecida con sobornos a cambio de una débil estructura en educación, seguridad o salud? ¿No es más dócil un país educado para elegir la gratificación inmediata que la movilidad propia o de los hijos a un nivel cultural y económico que garanticen una mayor independencia de los caprichos de grupos, partidos o gobernantes del momento?
Lo anterior nos lleva a la libertad educativa. Enmarcar la educación laica, gratuita y obligatoria como política de Estado, ¿no limita la libertad de los individuos o los padres de familia para elegir la educación de un ambiente más seguro o saludable, con una atención personalizada (incluyendo, a veces, la atención a necesidades especiales), el deseo de darles una instrucción moral y religiosa acorde con sus convicciones, o algún interés por enfoques pedagógicos no tradicionales? Es tiempo de que la libertad educativa se piense en términos más amplios para hijos, padres y tutores.
Es tiempo de que el Estado, si no puede cubrir el mantenimiento de instalaciones, capacitación de los maestros o la impartición de materias con énfasis en tecnología o matemáticas, al menos, se obligue a elevar la excelencia de la higiene, la moralidad, la seguridad y el orden públicos, como en Dinamarca, como dicen algunos, o deje a otros que hagan mejor esa labor. Eso ya sería ganancia para los alumnos.