El ouróboro de Nergalí
Una de ellas estaba emparentada con magnates de una línea aérea (Braniff), la otra con renombrados políticos, como el general Beteta, y ahora es una reconocida pintora (hay crítica que se refiere a ella como “la Hechicera del arte”).
No permitían que les impusieran guaruras ni custodios, les gustaba ser libres y hacer su voluntad, así como una gran parte de la juventud en el tiempo del jipismo que se volvió rebelde. Congenié con una de ellas: la “Nergalí”.
Presumía la perfección de su cuerpo e insistió para que la pintara desnuda, rodeada de jarros redondos; cuadro que presenté en una de mis primeras exposiciones, titulada El Desnudo, en las galerías del periódico Excélsior.
Despreocupada y arrojada, le gustaba ser provocativa, el “que dirán” no le importaba. Cuando se le ocurría se iba a Nueva York, Sao Paulo, a cualquier parte; tenía casa en Miami y en Acapulco, donde muy seguido nos invitaba.













