Andaba por mi decimoséptimo cumpleaños. Yo tenía en mente informarme sobre los estudios de aviación, suponía que era una forma de conocer el mundo. Pretendí ser admitido en Oakland, California. Esta ciudad nos brindaba un mundo nuevo, lleno de atractivos: centros comerciales, antros, galerías de arte, salas de cine, las residencias de las estrellas de cine, playas, como Long Beach, con juegos mecánicos descomunales, adornados con glúteos de bañistas en bikini.
Se nos estaban acabando los dólares de la última raya en Trona. Por la noche, ya en un hotelucho del centro de la ciudad, recordamos el tip de unos paisanos pandilleros: que seríamos bien recibidos e invitados a cenar por señoras benefactoras que ofrecían sus pechos y otras partes a los adolescentes e indocumentados hambrientos en el bar “La bamba”.
Hurgando hasta el fondo de mis bolsillos, encontré monedas, me alcanzaba para la más barata de las bebidas en el antro. Al llegar al acogedor centro nocturno, constatamos que efectivamente, una de las mesas estaba ocupada por coloridas damas con cabello pintado de dorado, jamonas, rollizas, rellenitas o rellenotas, muy maquilladas. Como tiburonas al acecho de carnada, intuí que nos lanzaban miradas provocativas.
Por mis complejos, le tuve miedo a la pista de baile y preferí, desde bambalinas dirigir la escena. A mi amigo Edgarito Ruiz, que presumía de buen bailador y seductor de mujeres otoñales, lo mandamos al ruedo con un traje de pachuco tintanesco que le había prestado un compañero. Hizo buen papel, lo vi ejecutar pasos dancísticos, románticos, regodeos, roces, caricias y no sé qué otras artimañas. El caso que al cerrar el antro las ladies y paisanas rechonchas, sesentonas, que por unos momentos se escaparon de la monotonía de sus empleos sometidos a la disciplina gringa, gustosas, gastaron unos dólares y nos invitaron a una suculenta cena de hamburgers, hot dogs y fried chicken, en un solitario restaurante de trasnochados. A Edgarito ya le había salido un bigotillo, y desde aquellos años se le adivinaba una mirada de gigoló, por sus cejas muy marcadas.
En una de esas desveladas conocimos a un paisano, originario de San Miguel de Allende, Guanajuato, Crispín Constancio, culto personaje, que nos confió que tenía dos empleos: uno de mesero en un club exclusivo de mucha “catego”, en el centro de la urbe, y otro de articulista para un periódico hispano. Cuando él se percató que aún no estábamos del todo maleados, pero sí a punto (me imagino que trató de alejarnos de la delincuencia), se dio cuenta que habíamos estado en un colegio de prestigio en la ciudad de Chihuahua, lo nos valió para que nos propusiera trabajar en la empresa donde él laboraba, donde se seleccionaba e investigaba a los empleados, previa recomendación. Había trabajo de lava platos, ayudantes de panadería, de lavandería, etcétera. Así me vi contratado como busboy (ayudante de meseros); me proporcionaron un impecable traje blanco y corbatita de moño negro, nos asignaron un lugar para asearnos, cambiarnos, y el consabido locker para guardar nuestras pertenencias, había una empleada especial que nos revisaba, según ella, para dar una buena impresión.