Análisisviernes, 27 de marzo de 2026
Cuántas veces nos desgastamos la vida, sin reparar en lo frágiles que somos, nos detenemos en cosas banales, sin valorar lo verdaderamente importante; nuestra familia, nuestros afectos, nuestros seres queridos. Cuántas veces hemos caminado a ciegas, con la luz del teléfono encandilando nuestra vista, distrayendo la atención, desenfocando lo que siembra, lo que construye y lo que da verdadera satisfacción.
La redes sociales se han apoderado de nuestros planes, de la vida superficial, de lo que soñamos ser, en las redes sociales, solo vemos lo mejor de las personas, nunca tocamos esa sensibilidad, esos enojos, esos desafíos, esa cara lavada, ese pelo despeinado de recién levantado, si podemos ver cuerpos, perfectamente formados por las horas de gimnasio, pero no sentimos el olor de su aliento, ni del sudor, mucho menos el temblor de la voz al hablar entre cortada por los sentimientos; eso no se ve en las redes sociales, cuando son auténticas y nos provocan que la piel se erice, esa sensibilidad, no se aprecia en las redes sociales, no se contagia la alegría, ni se palpa el dolor de los que queremos, la foto y la cámara, jamás van a sustituir el frágil sonido que se siente al ver correr una lágrima, el escuchar el dolor desgarrador de los padres al perder un hijo, las palabras que duelen en lo más profundo, cuando su sonido es tan bajito al decirte que su hijo está desaparecido y ya no encuentra rincones donde buscarlo, eso nunca va a estar en una red social, eso nunca lo vamos a sentir en una pantalla. Nunca podremos imaginar lo que se siente, con un abrazo, ese prolongado, donde los corazones se encuentran.
Han distraído nuestro foco de atención, lo verdaderamente importante, es nuestra preparación espiritual, entregar nuestro pensamiento, nuestro estudio y nuestro corazón a las personas importantes, debemos abrazar con fuerza, decir te amo, muchas veces, para que cuando estén lejos, el eco de nuestras palabras resuenen, fuerte en sus oídos, que sus ojos sepan de qué color son nuestros ojos, que distingan el timbre de nuestra voz en medio del estruendo, que cada vez que piensen en nosotros, piensen con amor, con cariño y que sepan que en casa siempre habrá una luz encendida y el calor del hogar prendido, queremos que nuestros seres queridos, siempre quieran regresar a casa, que el sabor de la sopita, del caldito, del guiso, sea tan especial, que siempre digan… no es tan bueno como el de casa, con la receta de la abuela, el sazón de hogar nada lo supera, ni la mejor estrella Michelin.
Olvidar lo pasajera que es la vida, es olvidarnos de nosotros. Siempre tengamos presente, que somos tan frágiles y que nuestros seres queridos, hoy están y mañana pueden tener una despedida fugaz, atesoremos los buenos momentos, los malos llegan solos.
Busquemos esos rincones llenos de seguridad, con gran valor espiritual y con profundo amor.