Prevención como inversión en la infancia
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónLa violencia contra la infancia no es asunto privado, ni una práctica de crianza; es una fractura profunda en el tejido de nuestra sociedad. Nos escandalizamos ante noticias extremas, pero olvidamos que la violencia se gesta en el silencio de lo cotidiano: en el grito que humilla, el castigo físico normalizado y en la indiferencia ante el acoso escolar. No es solo reaccionar cuando el daño está hecho; es construir un muro de contención antes de que la primera piedra sea lanzada.
Uno de los mayores obstáculos es la herencia cultural del autoritarismo. Frases como “a mí me pegaron y soy una persona de bien” son una trampa generacional. El estrés tóxico derivado del maltrato, altera el desarrollo cerebral de las infancias, afectando su capacidad de regular emociones y de establecer vínculos sanos en la adultez. La verdadera disciplina no se basa en el miedo, sino en la guía.
Según la Red por los Derechos de la Infancia en México REDIM y el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, el aumento en las cifras de corrupción de menores y homicidios en el último año, sugiere que las estrategias de prevención aún enfrentan desafíos estructurales. La cifra negra en delitos no reportados en violencia infantil se estima que es significativamente mayor debido a que quien agrede suele formar parte del círculo cercano de la víctima. El incremento en cifras de hospitalización muestra una mayor visibilización y denuncia, gracias a campañas como “Yo Sí Te Creo” en Chihuahua, que buscan romper el silencio familiar.
La prevención es una buena inversión porque ahorra costos futuros en salud mental, sistemas judiciales y servicios sociales. Y más allá de lo económico, es una cuestión de derechos humanos. Una infancia que crece en un entorno de respeto y seguridad, es más probable que se convierta en ciudadanía capaz de construir una sociedad más empática y menos violenta. No podemos exigir personas adultas funcionales y pacíficas si no hemos sido capaces de proteger su integridad durante la etapa más vulnerable de sus vidas.
Prevenir violencias en la infancia empieza por reconocer que estas personitas son sujetas de derecho, no propiedad de sus padres, madres, personas tutoras, ni de las instituciones. Cada gesto de ternura, cada límite puesto con amor y cada espacio seguro que creamos es una semilla de paz. Es hora de dejar de apagar incendios y empezar a construir hogares y comunidades a prueba de fuego. El futuro de nuestra convivencia se decide hoy, en la forma en que tratamos a quienes apenas están aprendiendo a caminar.
Proteger a la infancia no es un acto de caridad, es el acto de preservación más básico de la humanidad. Si queremos un mundo con menos odio, menos guerras y más empatía, debemos empezar por el principio: asegurándonos de que cada niño, cada niña sienta seguridad en su propia casa y en su propia piel. La paz social no comienza en los tratados internacionales, sino en la cuna y en el aula.