Polarización afectiva
El discurso político, que debería ser el vehículo de verdad y propuesta, parece más un ejercicio de equilibrismo entre la post verdad y el ruido algorítmico.
Cuando la política se vuelve identidad, el compromiso desaparece. Si la adversaria o adversario es visto como una amenaza existencial para un cierto modo de vida, cualquier intento de consenso se percibe como una traición.
El discurso político actual no busca convencer a quién duda, sino movilizar a través del miedo y el rechazo al “otro, otra”. La polarización afectiva rompe pactos al usar el ataque personal y descalificación moral.
Si el discurso usa como combustible el odio, surge un proceso psicológico de deshumanización que acabará por “incendiar la casa común”. La única forma de apagar el incendio es recuperar la dimensión humana de la política.















