Este próximo 27 de enero, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) va a rendir tributo a la memoria de las víctimas del Holocausto y procederá a ratificar el compromiso de luchar contra el antisemitismo, el racismo y toda otra forma de intolerancia que pueda conducir a actos violentos contra determinados grupos humanos. En esta fecha se conmemora la liberación en 1945 por las tropas soviéticas del campo de concentración y exterminio nazi alemán de Auschwitz-Birkenau; la fecha se proclamó oficialmente en el mes de noviembre de 2005 como el “Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto”.
La palabra holocausto se deriva del griego antiguo y significa “quemarlo todo”. Desde antes de la Segunda Guerra Mundial, se utilizaba esta palabra para describir la muerte de un gran grupo de personas, sin embargo, desde el fin de la guerra en 1945, se convirtió en sinónimo no solo del asesinato de personas judías, sino también de prisioneros de guerra soviéticos, polacos étnicos, romaníes (conocidos peyorativamente como “gitanos”), testigos de Jehová, hombres homosexuales, bisexuales y pertenecientes a la diversidad sexual y personas con diversas discapacidades, entre otras.
A 81 años de que terminó el régimen Nazi, debemos plantearnos si vamos por el camino correcto como humanidad, sobre todo recordando qué fue lo que llevó a que: a) toda la maquinaria gubernamental y gran parte de una sociedad, identificara negativamente a un grupo de personas por su nacionalidad, religión, color de piel, partido político y demás características; b) se utilizara a las fuerzas armadas y policiales para identificar, detener y procesar a personas por ser consideradas “impuras” o “ilegales”; c) se diera un desprecio absoluto por el derecho internacional y por los demás países u organismos internacionales; d) se invirtiera desde un punto de vista axiológico a la guerra como algo más deseable que la paz; e) existiera un férreo control de medios de comunicación para manipular a las masas; e) se llevara a cabo la destrucción de instituciones una vez que se llegó al poder; f) se implementara un control absolutista del Estado para callar a la oposición y facilitar la colaboración de quienes manejan el mismo discurso de odio; g) se exacerbara un sentimiento de superioridad nacional por encima del concepto de “humanidad”.
En fin, la respuesta obvia es que la democracia es imperfecta y en este movimiento pendular que tiene la historia, los pueblos, en ocasiones eligen a personajes que por muchos factores —basta ver la biografía de Adolf Hitler—, trasladan sus filias y fobias al ejercicio del poder; pero lo más preocupante, es que el ascenso de estos líderes comúnmente se da con la complicidad de un sector de la población que comparte esos odios y el silencio o la indiferencia de las mayorías. Dicen que la historia se repite, pero después de una Tercera Guerra Mundial, probablemente la cuarta sea con piedras y palos.