Colectivos convocan a movilizarse este 8 de marzo con una ruta y dos posturas distintas: una marcha abierta, diversa e incluyente y otra separatista, de corte combativo y de clase.
Los proyectos forman parte de una estrategia orientada a mejorar la movilidad urbana, reducir tiempos de traslado y aumentar la seguridad vial en puntos considerados de alta carga vehicular
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
A lo largo de nuestra historia como país, los grandes proyectos nacionales han servido como brújula. Aprendimos en la escuela que la Independencia nos dio soberanía; las Leyes de Reforma, un estado laico; y la Revolución, justicia social, o la promesa de una distribución más equitativa de la riqueza y el poder. Sin embargo, hoy parece que hemos agotado el vigor de esos relatos fundacionales.
Hay una constante sensación de ir a la deriva que amenaza con anclarse en el corazón del panorama social y político de México. Miramos el horizonte y, más que una ruta clara, divisamos una neblina densa que difumina cualquier proyecto colectivo de nación unificada. Y no es un mero problema de administración, no gestión de un gobierno o de alternancia partidista; es una profunda crisis de sentido que nos exige una reflexión filosófica sobre nuestro ser y nuestro futuro como sociedad.
El discurso público está fragmentado y polarizado. Las grandes narrativas han sido reemplazadas por una cacofonía de intereses particulares, agendas de corto plazo y batallas ideológicas que, si bien son legítimas, no logran fortalecer un ideal de país que inspire a la mayoría. ¿Cuál es la meta de la sociedad mexicana en el siglo XXI? ¿Es el crecimiento económico a cualquier costo? ¿Es la paz que surge del sometimiento o la justicia que emana de la equidad? Al no tener una respuesta clara, cada grupo rema en su propia dirección, y la fuerza de la corriente, o de una mayoría acrítica y popular, nos arrastra sin piedad.
Actuamos por inercia, por reacción a las crisis, o siguiendo el vaivén de liderazgos coyunturales, en lugar de avanzar guiados por un propósito superior y trascendente, más allá de la simplista afirmación de que unos son “aliados y otros adversarios”, porque al fin y al cabo compartimos el mismo territorio y tenemos la obligación de convivir, incluso con quienes piensan y actúan completamente diferente a lo que sea que consideremos correcto en lo individual y en lo colectivo.
El mayor riesgo de estar a la deriva no es la lentitud del progreso, sino la atrofia moral que genera la incertidumbre. Cuando la población percibe que el Estado y la élite política no tienen un proyecto de nación consistente, o que este proyecto es meramente un espejismo para perpetuar privilegios, se produce un fenómeno de desconexión existencial.
La pregunta que subyace es: ¿Para qué el esfuerzo? Si la ley es selectiva, si el mérito es insignificante frente a la corrupción, si la violencia es una moneda de cambio cotidiana, ¿por qué esforzarse en construir, en innovar, en ser un ciudadano ejemplar? La falta de rumbo se traduce en cinismo, en apatía y, finalmente, en una regresión a la supervivencia individualista. La solidaridad social, ese pilar vital para cualquier comunidad, se desmorona ante la falta de una causa común que valga el sacrificio.
Esta situación refleja una crisis de la esperanza, en su sentido más profundo, no es una mera ilusión; es la confianza en que nuestras acciones hoy tienen una consecuencia positiva y predecible mañana. Al estar a la deriva, esta confianza se quiebra, y la sociedad se refugia en el presente inmediato, olvidando la responsabilidad con las generaciones futuras.
Superar esta crisis no es tarea sencilla, pero es imperativa. La solución no vendrá de un decreto presidencial, sino de una toma de conciencia colectiva sobre qué tipo de país queremos ser y, más importante, qué tipo de mexicanos, de mexicanas necesitamos para lograrlo.