Análisismiércoles, 28 de septiembre de 2022
Los buenos ¿Somos más?
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No puedo evitar pensar que los nuevos tiempos enfrentan los mismos viejos problemas con las mismas trilladas soluciones que antes no funcionaron. Es dramático darnos cuenta de cómo la frase motivadora que inspiraba confianza, que servía para que las personas resistiéramos la tentación de lo fácil mal habido, de lo sucio, de lo que tuviera origen en la corrupción, lo ilegal o lo inmoral. Nuestros antepasados decían con total seguridad que el mal no podía salir victorioso, que los buenos siempre ganan, que somos más los buenos que los antisociales.
Numerosas películas de héroes, de acción, bélicas… hasta de ciencia ficción, todas coincidían en intentar dejar lecciones morales, semillas éticas, formación cívica y cultura de oposición contra el mal. Eso ha cambiado. Ahora, es frecuente ver como la influencia de las miniseries para plataformas tipo Amazon, Netflix u otras, en afán de captar audiencias, recurre a fantasear con narrativas de narcotraficantes, delincuentes, asaltantes, estafadores y evasores de la ley. La cultura popular está invadida de contra referencias al triunfo del bien. Sin duda, la influencia de las filosofías, de las religiones y de las manifestaciones culturales de la sociedad postmoderna converge en la discusión aún inconclusa sobre la bondad o la maldad humana. Desde Nietzsche y su severa distinción entre Apolíneo o Dionisiaco, pasando por la necesidad del bautizo para revertir el pecado original para varias religiones con diferentes liturgias y rituales, nos llevan a dudar con respecto a que el ser humano nace bueno y se convierte en malo si la circunstancia propicia le atrapa.
En los anales de la historia, solamente Jean-Jacques Rousseau, durante el periodo de la Enciclopedia francesa, en el siglo XVIII sostuvo que los seres humanos nacen buenos y libres, pero el mundo los corrompe. Su concepción del ser humano era profundamente optimista y estaba convencido de poderse establecer un nuevo orden social capaz de superar la corrupción moral y las injusticias derivados de las desigualdades sociales. Fue la voz solitaria que rechaza la maldad dominante e intentó justificar ante lo que dogmas, religiones y escuelas filosóficas se rindieron. En contra sentido, "El hombre es un lobo para el hombre" (en latín, homo homini lupus) es una frase utilizada por el filósofo inglés del siglo XVIII Thomas Hobbes en su obra El Leviatán (1651) para referirse a que el estado natural del hombre lo lleva a una la lucha continua contra su prójimo.
En la época actual, es difícil recuperar la confianza, la fe, la esperanza. Nos hemos condenado a acostumbrarnos a la degeneración de la bondad y vivimos en un mundo infestado de mentiras, de trampas, de deslealtades, de maldad y de debilidad ante los antisociales, los corruptos, los nefastos y los que se aprovechan de su miseria humana para doblegar el espíritu de quienes aún deseamos luchar por el deber ser y por recorrer el camino correcto.
Nuestra sociedad ha perdido el rumbo. Perdimos también nuestra capacidad de ser sensibles a la necesidad de los demás, la filantropía, la solidaridad constante. El egocentrismo en que vivimos es dominante. Las nuevas generaciones tienden a recalcitrar el ensimismamiento, a reducir la tarea comunitaria, a desconfiar por sistema y a engañar como costumbre, como medida de supervivencia cotidiana.
Buenos o malos, nos necesitamos unos a otros y nuestra especie requiere vivir en sociedad, gregarios, organizados. No me queda claro que seamos más, pero si puedo asegurar de que el mundo no debe quedar en manos del mal. Recuperemos el ánimo y sigamos empujando el cambio positivo de nuestra sociedad, a pesar de otros, aunque sean muchos y quizás… sean más.