Para darse un atascón
Su receta es muy básica: una explanada de cemento con techo de lámina junto al canalito, donde a lo mucho caben diez mesas que uno comparte con desconocidos, según se va llegando y con turnos estrictos.
A veces se debe aguardar con mucha paciencia hasta una hora para tener un asiento, pero según he escuchado y experimentado, al probar cada platillo, la espera vale cada minuto.
Al fondo, en un cuadrito de tres por tres está la cocina en la que dos señoras apretadas hacen magia para preparar todo lo que no está guisado.
En el pasillo, otra doña medio de mal carácter no deja de mover brazos y manos para echar tortillas sin parar para que nunca falten calientitas o doraditas, mientras se da tiempo para preparar sopes sencillos y quesadillas de Oaxaca para los más chocantes.
La carta no es tan amplia pero con eso basta: filete de pescado empanizado, caldo de mariscos, costilla, cecina, carne de puerco en salsa verde, huevos revueltos o -lo que piden muchos- huevos estrellados al comal sobre un par de tortillas.
Todo va acompañado de arroz, ensalada de lechuga con jitomate, un trozo de queso de cincho, una cucharada de crema de rancho y un tazoncito de frijoles de la olla.
Al final o al inicio, según se antoje, está el café de la olla, el pan dulce o unos plátanos machos con crema que terminan de retacar el buche para que salgas rodando o en carretilla.
Cada que voy con alguien que no conoce, se sorprende de que a pesar de tantos años, los dueños no se han expandido, y la verdad es que seguramente no han querido, porque -al menos que yo sepa- tampoco tienen sucursales.
Pero como diría el clásico, la experiencia vale cada maldito centavo y sus respectivos sacrificios.
















