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Análisisviernes, 14 de enero de 2022

El Morelos de no pasa nada...

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De no haber sido por la decisión política que obligó al entonces gobernador Jorge Carrillo Olea a pedir licencia definitiva a su cargo, en Morelos no sabríamos lo que es que la voluntad popular se imponga a las negociaciones de las cúpulas y los acuerdos de las camarillas.

Y al escribirlo pienso en cómo -cuando llegue el momento- le voy a explicar a mi hijo que existe la justicia, que cuando la razón predomina triunfa ante la injusticia, que las instituciones sirven y que tarde o temprano la verdad se impone.

Hoy con unos años más encima y sin la necesidad imperiosa de que me escuchen, aún me sigue doliendo la panza al ver cómo ante pruebas contundentes, en Morelos sigue sin pasar nada.

Y se retuerce la panza -otra vez- cuando por el contrario, parece que el destino de quién reclama verdad, del que lucha por la justicia, del que se carga el malestar del pueblo, termina tres metros bajo tierra.

Que no se diga que se trata de intereses, esos todos los tenemos y nadie puede despojarse de ellos. No, se trata de simple y llana verdad, y si, duele reconocerlo: es más fácil que la cuerda se reviente por lo más delgado, que ver un pez gordo atrapado.

Me duele sobre todo, cuando fuera de nuestro territorio, todos se dan cuenta que algo pasa, y aquí, a pesar de las fotos, de las denuncias, de que sabemos que el ídolo no sirve para maldita la cosa, aquí no pasa nada.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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