Análisisdomingo, 4 de julio de 2021
Un Tlacuache bien morelense
Y hasta el próximo lunes.
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Lo que es la vida queridos lectores, hace tres días algunos miembros del Consejo de Cronistas y del Seminario de Cultura Mexicana, ambos de Cuernavaca, nos reunimos con el director del INAH-Morelos y con el grupo editorial que publica su órgano de difusión llamado El Tlacuache.
Los invitamos para felicitarlos y homenajearlos por el gran acierto de haber llegado a los 1,000 ejemplares que en 20 años de publicación ininterrumpida han informado, difundido y promovido lo mejor del rico y vasto Patrimonio Cultural Morelense y el pensamiento de sus habitantes. El equipo editorial encabezado por el fundador de El Tlacuache, Doctor en Antropología Luis Miguel Morayta Mendoza, toda una institución en nuestro estado, continúa la labor que él mismo inició para lo cual cuenta con un gran equipo de hacedores que laboran en mantener la excelencia de la publicación. Y lo logran.
El Tlacuache para quien aún no lo conoce, se especializa en temas de antropología, biología, historia, arqueología, restauración, etc. A lo largo de esas dos décadas, los temas que ha desarrollado El Tlacuache son únicos como por ejemplo acerca de cómo el hablar de la astronomía en tiempos prehispánicos puede evocar la imagen de nuestros ancestros observando los astros en diferentes momentos de sus vidas, es decir, tanto de día como de noche, durante amaneceres o atardeceres. Otros artículos refieren aspectos inéditos sobre nuestros vestigios arqueológicos, costumbres, leyendas, temas mitológicos y medicina tradicional así como el paso de los misteriosos -para quien esto escribe- olmecas por el estado. Son infinitos los temas que ha abordado este órgano de difusión. En la última publicación de El Tlacuache, leo algo precioso: “En el libro Los Mitos del Tlacuache del historiador Alfredo López Austin (uno de mis maestros en la UNAM), ofrece un recorrido por los muy diversos caminos en pos del origen, el orden, el significado y la razón de ser de los dioses mesoamericanos y en su ensayo, López Austin esclarece un pensamiento religioso, milenario así como la presencia de un simpático protagonista de mitos: el Tlacuache.”
Pero dejemos que sea el propio coordinador de El Tlacuache, Miguel Morayta el que narre cómo nació la publicación, porqué nació, cuales eran sus objetivos, con qué apoyos contaron en su inicio, la búsqueda de un espacio para publicar y finalmente que nombre le pondrían y porqué. Refiere el antropólogo que: “En Chalcatzingo, en una noche lluviosa una familia me dio refugio en su jacal y me convidó de cenar. Me dieron ´atolocates´, nos invadía una oscuridad casi total así es que comí sin ver que era. Al día siguiente les pregunté qué era eso que cené y me contestaron que eran los ajolotes antes de que les salieran los bracitos al ver mi cara ese fue el chiste de toda una semana en el pueblo. Ya tenía muy clara la necesidad de difundir lo que aún no se conocía pero seguíamos en busca del nombre que le daríamos. Nos unimos al historiador Carlos Barreto Mark (q.e.p.d.) en su lucha por salvar el mercado viejo de Cuautla y con el profesor Rafael Gutiérrez iniciamos el Tamoanchan. Ya teníamos más clara la liga de lo que publicaríamos, los temas y la vocación nuestra por difundir y compartir. Un día, el Antrop. Francisco Guerrero Garro, que en ese tiempo era el dueño del periódico de La Jornada Morelos, nos propuso la idea de publicar en su diario un suplemento, nos brindó un apoyo entrañable. Todos estábamos entusiasmados solo nos faltaba un nombre original, que conectara lo antiguo con lo presente.
En un destello de ocurrencias se me vino a la mente el tlacuache. Un nombre que aparece en todas las mitologías del México antiguo y que hoy habita en todo el estado de Morelos. Al fin lo habíamos encontrado. Invitamos al connotado historiador López Austin, que tanto sabía del tlacuache para que fungiera como padrino del suplemento. Y comenzamos con un extraordinario abanico de temas que han transitado por la madriguera del tlacuache y con las valiosas colaboraciones que han aportado tanto la Universidad Autónoma del Estado de Morelos y otras instituciones pero sobre todo las comunidades originarias que han escrito desde los esfuerzos por tener vigentes sus usos y costumbres hasta como vivieron el 68 en Ticumán y otras historias y leyendas. Tenemos participantes de Xoxocotla y demás pueblos nahua hablantes y artículos sobre la vida de los cañeros durante la zafra. Hemos escuchados sus voces referente al Sismo del S19, del S17 y sobre la pandemia covid-19. Veinte años, mil números de El Tlacuache y todo salió desde su madriguera”, finaliza Miguel Morayta.