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En medio de una severa crisis para los ganaderos duranguenses, la reciente entrada de 4 mil 600 cabezas de ganado en pie procedente de Nicaragua ha encendido las alertas en el sector. La decisión de permitir esta importación genera más preguntas que respuestas, sobre todo cuando en Durango existe capacidad probada para abastecer a empresas como SuKarne, instalada en el municipio de Tlahualilo.
SuKarne, que inició operaciones en 2016, fue presentada como el proyecto agroindustrial más ambicioso de América Latina, con capacidad para procesar hasta 240 mil toneladas de carne al año. El compromiso público al inaugurar esta planta fue claro, fortalecer la cadena de valor local, impulsar la economía regional y apoyar al productor duranguense. Hoy, ese objetivo parece haberse desviado.
Es legítimo preguntar por qué el Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (Senasica) autorizó el ingreso de ganado extranjero, cuando, por otro lado, se mantienen cerradas las puertas a la exportación de ganado duranguense hacia Estados Unidos. La contradicción es evidente y desconcertante.
Actualmente, Durango tiene más de 14 mil cabezas de ganado listas para exportar, una cifra que podría aumentar a 36 mil si se toman en cuenta otros productores con inventario preparado. Sin embargo, por la presencia del gusano barrenador en regiones del sureste mexicano, Estados Unidos ha suspendido sus importaciones, afectando directamente a los ganaderos locales que han cumplido con protocolos sanitarios rigurosos.
La carne proveniente de Nicaragua, además, no goza del prestigio ni del estándar de calidad que distingue a la carne duranguense; esta importación no solo afecta los ingresos de los productores, sino que pone en entredicho los objetivos sanitarios del propio Senasica, que parece tener un doble rasero.
Lo que agrava aún más la situación es que, mientras en Durango se frenan las exportaciones, el gobierno estadounidense está enviando personal especializado a Veracruz para verificar que México esté combatiendo de forma efectiva al gusano barrenador. Este insecto fue detectado recientemente en Ixhuatlán de Madero, Veracruz, a solo 600 kilómetros de la frontera con Estados Unidos, lo que echó por tierra la reapertura paulatina de puertos programada del 7 de julio al 15 de septiembre.
El 9 de julio, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos expresó su preocupación por la información proporcionada por el gobierno mexicano, sugiriendo que no se ha cumplido con los controles sanitarios prometidos. Esta situación compromete no solo la reapertura de las exportaciones, sino la credibilidad del sistema mexicano de sanidad agroalimentaria.
Entonces, ¿por qué se permite la entrada de ganado nicaragüense, con posibles riesgos sanitarios y con menor calidad, mientras se bloquea la salida del producto duranguense, altamente competitivo y certificado? La respuesta puede estar en una estructura de intereses que privilegia lo corporativo sobre lo local.
La instalación de SuKarne se planteó como una oportunidad histórica para el campo duranguense, no como una amenaza para los productores; sin embargo, si se opta por importar insumos básicos en lugar de fortalecer a quienes tienen el ganado listo en los corrales, el proyecto pierde legitimidad ante los ojos del sector social y productivo.
Durango no necesita ganado de fuera, necesita condiciones para exportar el suyo. El cierre de puertas norteamericanas representa una emergencia, la cual atiende el gobernador, Esteban Villegas Villarreal; pero el ingreso de ganado del extranjero, en vez de una solución, se interpreta como una traición a la promesa de hacer del agro duranguense una palanca de desarrollo.
Los productores duranguenses, encabezados por Rogelio Soto, merecen una explicación clara de parte del Gobierno Federal y de Senasica. No se trata solo de proteger al ganado, sino de defender a quienes todos los días se levantan a trabajar en el campo con la esperanza de que su esfuerzo tenga valor. El campo duranguense no está pidiendo privilegios, está exigiendo justicia.