Carlos estaba tirado en el piso del baño, boca arriba, los ojos abiertos. El vidrio de la puerta de la regadera se había hecho añicos; un fragmento largo y fino le había abierto el cuello de lado a lado y un charco de sangre lo rodeaba.
Cuando mi mirada bajó, lo vi. El elfo estaba sentado en la repisa del baño. Mojado. Sonriendo. Su pequeña mano de plástico sostenía un trozo de vidrio.
El elfo mató a mi familia. Y ahora está buscando otra.
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Juguete navideño popular se convierte en pesadilla doméstica / Foto: Ilustración generada con IA bajo la dirección de Alberto Serrato. Esta imagen no representa un hecho real
Lo primero que quiero dejar claro es esto: yo no maté a mi esposo ni a mi hijo. Puedes escribirlo en mayúsculas, subrayarlo, ponerle un recuadro rojo si te sirve para vender más periódicos. A mí me da igual, porque dormiré en la misma celda fría, esperando el pasar de los años hasta llegar a la muerte. Yo no los maté… fue el elfo. Todo empezó como empiezan las cosas estúpidas: con una moda de Internet.
“Se llama elfo travieso”… me dijo mi hermana mientras me enseñaba fotos en el celular. Casas bonitas, luces de Navidad, niños sonriendo frente a un mono de plástico con gorro rojo y sonrisa congelada. “Lo escondes en diferentes lugares cada noche y en la mañana tu hijo lo encuentra haciendo travesuras. Es para que se emocione con la Navidad”. Yo solo pensé en que sí, que tal vez le haría bien algo de emoción a la casa para mi hijo. Desde que murió mi suegra, mi esposo andaba con cara larga, y Emiliano, nuestro niño, pasaba más tiempo en la tablet que con nosotros.
Fui a una tienda de decoración del centro y el elfo estaba en una repisa, metido entre unos productos de iluminación. Tenía ojos verdes, mejillas sonrosadas, sonrisa de caricatura. Nada especial… excepto por una cosa: cuando me acerqué, juro que sentí su respiración. Me reí sola para quitarme la sensación de encima, lo tomé y lo puse en el carrito. —Se ve medio vago —dijo Emiliano, arrugando la nariz. —Por eso —le guiñé el ojo—, para que haga buenas travesuras.
La primera noche lo senté en la barra de la cocina, con una cucharada de azúcar regada a un lado. Le dejé el celular a Emiliano para que tomara foto cuando lo viera en la mañana y esto pasó: —Mamá —me dijo, antes de dormir—, ¿de veras se mueve solo? —No, mi amor, lo mueve tu papá o yo —pensé—, hazle una carta, a ver si te contesta. Se rio, ilusionado. Tenía ocho años, todavía a medio camino entre creer y no creer.
Al día siguiente, el grito que me despertó no fue de emoción, sino de sorpresa. —¡Mamá! ¡Se ensució todo! El azúcar no estaba solo en la barra. Había una hilera perfecta de granitos blancos que llegaba hasta la sala. Encima de la mesa, el elfo estaba sentado con las piernas colgando y las manos llenas de azúcar.
Yo no había hecho eso. Carlos, mi esposo, juró que él tampoco. Reímos. Dimos por hecho que uno de los dos lo había hecho medio dormido y ninguno de los dos se acordaba. Emiliano tomó fotos, las subió a su cuenta de TikTok con un filtro de luces. Recibió sus primeros likes. Ese día debimos tirar al elfo a la basura, porque las “travesuras” comenzaron a subir de nivel. Una mañana, encontramos el espejo del baño con la frase “YA CASI” escrita con pasta de dientes.
El elfo estaba sentado en el lavabo, mirándose a sí mismo. —Se pasó de lanza —dijo Carlos, riendo—. Qué miedo me daría si yo fuera niño. —No fui yo —le dije. —Yo tampoco. —Nos volteamos a ver unos segundos. Luego él encogió los hombros, como restándole importancia. —Seguro Emiliano lo hizo. Ya está grande, sabe escribir. Pero no, la letra no era de niño. Eran letras uniformes, largas, como las de un adulto viejo. Otra noche, antes de dormir, fui a acomodar al elfo. Lo puse en la repisa de la sala, sosteniendo un carrito de juguete y ahí lo dejé.
Me desperté a las tres de la mañana con ruido en la cocina. Bajé pensando que Carlos andaba buscando algo de cenar. La casa estaba a oscuras, apenas iluminada por la lucecita del microondas. El elfo no estaba en la repisa. Lo encontré sentado en la orilla de la mesa de la cocina, justo frente a la silla donde siempre se sentaba Carlos. Delante de él, en perfecta alineación, había tres cuchillos: el de pan, el de carne y uno pequeño de untar mantequilla.
No me gusta admitirlo, pero me dio miedo. Eso ya no era gracioso. Lo levanté con cuidado, como si estuviera caliente, como si pudiera morderme. Lo guardé en el cajón de los manteles, enterrado bajo servilletas y bolsas. Por la mañana, cuando bajé a preparar el desayuno, ya no estaba ahí. Estaba de nuevo en la mesa, sentado frente a la silla de Carlos, con el cuchillo de carne al lado. Emiliano lo estaba grabando con el celular. —Se movió, mamá —dijo, entusiasmado—.
Lo oí en la noche, como pasitos. Me levanté y ya estaba aquí. Dice que hoy va a hacer algo importante. —¿Cómo que “dice”? —pregunté, tratando de sonar tranquila. Emiliano bajó la mirada, como si hubiera hablado de más. —Pues… que me contó. —¿Te contó qué? —No te enojes. —Dímelo. —Tragó saliva. —Que va a matar a mi papá. —Le reclamé a Carlos en cuanto se fue Emiliano a la escuela. —Ya estuvo —le dije—, estás asustando al niño con tus bromas. —¿Qué? ¿Qué dije ahora? —Lo del elfo. Que va a matarte. Emiliano dice que se lo contó. —Carlos se rio, pero no fue una risa natural; fue como un reflejo de defensa. —Yo no le he dicho nada de eso. ¿Cómo crees? Bastante tengo con que no quiere apagar la luz por las noches. —¿Seguro? —Te lo juro. A lo mejor lo vio en un video. Luego le reviso el historial. —Quise creerle. Tenía que creerle. Ese día, cuando regresé de comprar verduras, encontré a Emiliano en su cuarto, sentado frente al elfo.
Lo tenía sobre las piernas, viéndolo a los ojos. Sus labios se movían como si estuviera susurrándole algo, muy bajito, casi pegado a su oreja de plástico. —¿Con quién hablas? —pregunté, desde la puerta. Mi hijo se sobresaltó. Tomó al elfo de los brazos y lo dejó caer en la cama, como un muñeco cualquiera. —Con nadie. —Te oí. —Es que… estaba practicando para un video. —No sonaba más que a una mentira.
La noche que Carlos murió, el elfo amaneció sentado en la cabecera de nuestra cama. Yo lo había dejado en la sala, dentro de una taza, con un mensaje de “te quiero, papá” escrito en una servilleta. Lo primero que vi al abrir los ojos fue la cara rígida del elfo, pegada a la mía. Sus ojos verdes parecían más oscuros; su sonrisa, más abierta. Grité.
Carlos se despertó de golpe. —¿Qué pasa? —Esto ya no tiene gracia —le dije—. ¿Por qué lo trajiste aquí? —Yo no lo toqué —respondió, medio dormido. Media hora después, cuando ya nos alistábamos para salir, el agua del baño se desbordó. Carlos entró a revisar. Yo me quedé acomodando la mochila de Emiliano. Lo siguiente que escuché fue un golpe seco, como de cuerpo contra azulejo. Corrí.
La versión oficial dijo que fue un accidente: que Carlos resbaló con el agua y rompió la puerta de la regadera. Tal vez eso pasó. Tal vez el elfo no hizo nada. Tal vez solo estaba ahí, pero esa noche, cuando intenté dormir junto a Emiliano, lo escuché susurrar. —Ya ves que sí podía. —¿Qué dijiste? —pregunté, con el corazón acelerado. —Nada, mamá —respondió, dándome la espalda. Al día siguiente, la psicóloga de la escuela dijo que el niño estaba procesando el duelo, que era normal que dijera cosas raras, que imaginara que los juguetes tenían poder.
Que no lo contradijera. Que no lo hiciera sentir culpable. No le hablé del elfo. No quería que pensara que la loca era yo. La noche que Emiliano murió, la casa olía a cloro. Yo había pasado el día entero limpiando, como si de eso dependiera que el tiempo se echara para atrás. No encontré al elfo en todo el día. Busqué en la sala, en su cuarto, en el baño. Nada. Parte de mí se tranquilizó. Quizá se había perdido. Quizá se había caído detrás de un mueble.
Me daba igual, siempre que no lo viera. Emiliano se durmió temprano. Llevaba dos días sin hablar mucho. Apenas respondía con monosílabos. Antes de cerrar la puerta de su cuarto, me dijo: —Mamá… si me pasa algo, no fue tu culpa. Me detuve en seco. —No te va a pasar nada, mi amor. —Es que ya me tocaba. —¿Quién te dijo eso? —Buenas noches —dijo, dándose la vuelta.
Me quedé un rato en el pasillo, dudando si insistir o no. Al final me fui a la sala y me quedé dormida en el sillón, con la tele encendida en algún programa de concursos. Desperté con un silencio raro. No era el silencio normal de la noche. Era un silencio espeso, como si alguien hubiera apagado hasta el sonido del refrigerador. Subí a su cuarto. Lo encontré en la cama, boca arriba, con la cara morada. El cojín con el que siempre abrazaba estaba encima de su cara, hundido en la almohada. Sus manos estaban al lado del cuerpo, inmóviles. No grité. No recuerdo haber gritado.
Recuerdo mis manos temblando, tratando de reanimarlo; recuerdo las sirenas llegando; recuerdo a los paramédicos mirándose entre ellos, con esa mirada que dice “ya está”. El cojín, dijeron, estaba tan hundido que parecía que alguien lo había presionado con fuerza. No encontraron señales de entrada de nadie más. No había puertas forzadas, no había ventanas rotas. Solo estábamos su cadáver y yo… ah, y el elfo sentado en el buró, a un lado de la cama.
El resto ya lo conoces. Vecinos hablando detrás de la cortina. Titulares con la palabra “madre asesina”. Los peritos describiendo la “posible sofocación manual mediante objeto blando”. Mi nombre en las redes sociales, pegado al adjetivo “trastornada”. Nadie escuchó cuando dije por primera vez que había sido el elfo. Pensaron que era una metáfora, una manera de huir de la culpa. —Entienda, señora —me dijo el psicólogo del juzgado—, si acepta lo que hizo, la condena puede ser menor. Yo le enseñé las uñas. No tenían rasguños, no tenían la marca de haber apretado un cojín con fuerza. Nadie quiso ver. Ahora estoy aquí, contándole esto a usted, mientras las otras reclusas juegan lotería con frijoles en el pasillo. Cada noche repito lo mismo:
Yo no los maté. Fue el elfo. Se ríen. Dicen que todas negamos lo que hicimos. Solo hay una cosa que me consuela, si a esto se le puede llamar consuelo: el elfo ya no está conmigo. Desapareció el día del juicio. Nadie sabe dónde quedó. Los peritos dijeron que no era relevante, que era un simple adorno navideño, pero anoche, mientras me llevaban de regreso a la celda, escuché a la oficial que me escolta platicar por teléfono con alguien. —Sí, se lo llevó mi hermana —decía—. Es para mi sobrino, le encantó. Es de esos elfos traviesos, ¿los has visto en TikTok? Dicen que se mueven solos. Ja, ja. Sí, luego te mando fotos. —Su risa resonó por el pasillo como cuchillada. Yo volteé hacia ella.
No supe cómo preguntar sin que sonara a amenaza, sin que vinieran a inyectarme algo para “calmarme”. Solo dije: —Tenga cuidado con lo que le mete a su casa. Ella bufó. —Cállese, señora. Usted no está para dar consejos. Tiene razón. Ya no estoy para dar consejos. Solo para repetir, por si a alguien todavía le importa: