Mediante las redes sociales pude enterarme de la tragedia del pasado 19 de septiembre, el sismo que sacudió la tierra y hasta el corazón más duro. Tristemente se pudo constatar en la televisión lo que había pasado en diferentes estados de nuestro país, como en la Ciudad de México, Puebla y Oaxaca, así como en municipios aledaños, la magnitud de la devastación en viviendas, edificios y dentro de éstas lo más valioso: vidas. Con la sensibilidad a flor de piel, observar la destrucción de un colegio con sus alumnos y maestras en el interior, padres y madres de familia llegan en auxilio con tremenda confusión, con la única esperanza de escuchar y abrazar a sus hijos. Para otros la historia fue distinta, no encontrar a sus familiares, el enterarse que estaban en el hospital o bajo los escombros lo hacía aterrador y poco esperanzador. Inician las largas horas de búsqueda, cientos de voluntarios se unen, aquí no importaban las etiquetas ni prejuicios, si eran millenials, emos, grandes, chicos, con o sin dinero; todos con un mismo fin, el rescate de las personas. Los voluntarios con sus manos, ojos y cuerpos cansados, horas sin dormir y comer, entrega total de parte de desconocidos que formaban cadenas de ayuda, de apoyo que dan muestra que en las tragedias los mexicanos no tenemos parecido. Con la Secretaría de Marina al frente se seguían realizando las obras de rescate, que nos mantenían pegados al televisor. No había descansos; cuando la fe se desvanecía miles de toneladas de agua y víveres de todos los estados llegaban hasta las zonas devastadas, que alimentaban sus ganas de seguir buscando, aquí éramos uno, era Fuerza México. En la distancia observamos con orgullo la labor titánica de autoridades y voluntarios, así como el arribo de brigadas internacionales mujeres y hombres trabajando para los rescates. Mientras esto sucedía; en el aula teníamos que explicarle a nuestros niños lo que veían y escuchaban de los adultos sobre el tema, lo más cuidadoso posible para no lastimar sus sentimientos; que más que mostrándoles a los héroes en esta situación pues conocimos también, con mirada serena y con brillo especial en sus ojos, la rescatista de la Secretaría de Marina, Frida que detectó a más de 40 personas. Convirtiéndose en un símbolo de esperanza para todos, junto con sus compañeros Newton, Eco y Evil, reafirman la frase “El perro, el mejor amigo del hombre”, valoramos enormemente su labor. También adecuamos la clase para dar a conocer los puntos de reunión en las instalaciones en caso de emergencia, respondiendo preguntas de nuestros pequeños; sin olvidar la solidaridad e inocencia pues reunimos víveres para enviar al Sur del país, escribiendo con sus pequeñas manos mensajes de ánimo y apoyo. No cabe duda que los mexicanos sacamos la casta hasta en los peores momentos, nos encontramos al frente y al centro pendientes en la reconstrucción de hogares perdidos, como mencionan los afectados es una “herida devastadora, perderlo todo lo que hemos logrado con sacrificio, sudor y trabajo, pero nos levantaremos de ésta”. Querido lector, en esta ocasión mi Tinta Rosa es un homenaje a todos los voluntarios que aportaron su granito de arena, como aquella señora que con sus pies descalzos y con su rebozo a cuestas ofreció lo poco que tenía y aquel señor de edad avanzada portando emblema de cruz con una energía inagotable que ya la quisiéramos; el reconocimiento continúa en especial a los compañeros rescatistas de los municipios de Empalme, Guaymas y Hermosillo, tenemos la fortuna de conocerlos, personas con vocación de servir al prójimo y con un corazón de oro que auxiliaron en aquellos días de tensión, sin duda alguna ponen a México de pie. Qué gran lección nos pone la vida, sin temor a equivocarme reafirmo el dicho ya por todos conocidos, “Nadie es tan pobre que no pueda dar ayuda, ni tan rico que no la pueda necesitar”. Chiokore (Gracias en lengua yaqui).