Ágora / Los trenes del bienestar
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEn pleno siglo XXI, el avance del transporte ferroviario está definiendo el pulso de la modernidad en las grandes potencias. Mientras en países como China los trenes desafían la física y redefinen la movilidad urbana y nacional flotando sobre cerámica que conduce electricidad, en México seguimos apostando por proyectos que parecen anclados en tecnologías y decisiones políticas del Porfiriato que, en su tiempo, modernizó al país gracias a ferrocarriles como los que Morena está construyendo cien años después.
El reciente descarrilamiento del tren interoceánico y el decreto de expropiación de 77 predios para construir el tren que conectará Pachuca con el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) reabre el debate sobre los costos sociales y las verdaderas prioridades del desarrollo ferroviario nacional. ¿Hacia dónde estamos dirigiendo nuestros rieles?
Hablar de trenes en China es hablar de vanguardia tecnológica. El país asiático se ha posicionado como líder mundial en trenes de levitación magnética, empleando tecnología sobre rieles de cerámica que permite a estos colosos alcanzar velocidades superiores a los 600 km/h. Ciudades como Shanghái han convertido estos trenes en símbolos de eficiencia y modernidad. El desarrollo chino no solo presume rapidez: también destaca por la seguridad, el bajo impacto ambiental y la integración inteligente con otras formas de transporte urbano y regional. Esta apuesta por la innovación ha transformado la movilidad cotidiana y la percepción global sobre lo que pueden lograr los ferrocarriles del siglo XXI.
En contraste, los proyectos ferroviarios más emblemáticos de los últimos años en México —el Tren Maya y el Tren Interoceánico del Istmo de Tehuantepec— rdejan mucho que desear ya que su tecnología dista mucho de los estándares internacionales más avanzados: son trenes diesel o eléctricos de velocidad media, con infraestructura que no solo no supone una revolución industrial sino un retroceso en la industria con vagones usados, durmientes de mala calidad y un trasfondo de corrupción que involucra a los hijos del ex presidente Andrés Manuel López Obrador. Además, ambos proyectos han enfrentado críticas por su impacto ambiental, social y por la falta de procesos participativos genuinos con las comunidades afectadas.
La diferencia clave entre los modelos chino y mexicano no radica únicamente en la velocidad, sino en la visión de futuro. Mientras China invierte en sistemas sustentables, interoperabilidad y tecnología punta, México aún apuesta por paradigmas del siglo pasado. Esta brecha tecnológica tiene consecuencias directas en la competitividad, la calidad de vida y la capacidad de respuesta ante los retos del crecimiento urbano y la movilidad sostenible. Resulta inevitable preguntarse: ¿por qué no aspirar a más cuando el mundo nos muestra que es posible?
Lamentablemente Morena no está apostando por trenes modernos, por infraestructura que mire hacia el futuro y, sobre todo, por procesos democráticos de planeación y consulta. El tren no debe ser sólo símbolo de movimiento, sino de avance auténtico, incluyente y responsable. Si aspiramos a un México más justo y moderno, debemos atrevernos a repensar la forma en que construimos nuestros caminos y el tipo de país que queremos conectar.