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Análisisviernes, 16 de agosto de 2024

Hojas de papel | Perfume que perfumas

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Uno huele lo que hay en el entorno. Lo que está al paso de cada uno. Lo que encierra el encierro de algunos espacios atiborrados de gente o de cosas. Algunos olores son detestables aun a la intemperie. Producen repudio y uno trata de huir de aquel lugar o de aquella gente que huele “a león”, se dice.

Y por eso los seres humanos han inventado algunos aromas para evitar oler a sí mismos, aunque al principio también se hizo para ceremonias rituales.

La maestra Rosita de la Vega, en aquella primaria inolvidable de la colonia Guadalupe Inn, olía bonito, decíamos los niños de primero de primaria. Era nuestra maestra y ya sabíamos que había llegado porque al paso dejaba su aroma angelical… ¿a qué olía? No lo se. Ninguno lo sabíamos. Sólo ella lo sabía.

Pero era feliz. Se sentía a gusto con su aroma. Y nos hacía sentir a gusto a sus alumnos. Su perfume era como “las rosas en desliz”. Y aunque ella no era la hermosura caminante, sí transformaba todo lo que ella tocaba o hacía, porque todo lo impregnaba de aquella esencia tan suya y de nadie más nunca jamás en la vida.

Pues eso. Para evitar los ‘fuchis’ de uno mismo y de otros, el ser humano inventó hace siglos-siglos-siglos, aromas que se imponía en su cuerpo y en sus intimidades para oler a distinto, a distinguido a otro ser humano con más cercanía a lo divino, lo que aumenta la autoestima y agradan a quien los lleva y con quienes se relaciona.

En un principio los aromas agradables los usaban los hombres. Sobre todo los sacerdotes en religiones prehistóricas. No sólo para evitar ese aroma a león ya dicho, sino porque querían adquirir una particularidad distinta, además de que estar frente a su deidad los obligaba a mandarles una señal de respeto y de consideración: su aroma perfumado.

Se ha dicho que el perfume viene de la época de los egipcios, no obstante investigaciones recientes señalan que el origen del perfume se remonta más atrás aún, a la Edad de Piedra, cuando los hombres quemaban maderas aromáticas y resinas que desprendían un olor agradable y se ungían con ellos a modo de ceremonia religiosa.

“Es esta forma aromática, a través del humo, quemando maderas o inciensos, “per fumum” en latín, la que dará lugar posteriormente al término “perfume”. (Lo dicen los libros) Y más:

Pero, bueno, eso de los perfumes tiene una larguísima historia y es propio de todas las culturas de la humanidad. Hay indicios de la fabricación de perfumes muchos años antes en la India, en China, en Roma (al Nerón le encantaba andar oloroso y perfumado) Y en Grecia.

Jesús fue obsequiado con mirra -que es una planta perfumada proveniente de Arabia y Etiopía- por los Reyes Magos, así como también fue ungido en sus pies por María Magdalena, con mirra-.

Y ya más para acá, en 1709, Jean-Marie Farina creó un perfume al que llama “Eau de Cologne” (Agua de Colonia) en honor a la ciudad alemana en la que vivía. Era una solución alcohólica perfumada con esencias de plantas.

Farina le escribió a su hermano donde decía: “Mi perfume recuerda a una hermosa mañana de primavera después de la lluvia. Está hecho de naranjas, limones, bergamotas, flores y frutas de mi país natal. Me refresca mientras estimula mis sentidos y mi imaginación”.

Y de ahí en adelante la perfumería vivió cambios, paso del perfume hecho con esencias naturales, a los sintéticos. Hoy de ambos orígenes. Pero siempre de altísima calidad en la mayoría de los casos.

Y son los franceses los que con mayor entusiasmo desarrollan la industria de la perfumería. Proponen las mejores esencias y aportan distintos aromas siempre innovando y generando una industria que da empleo a miles de trabajadores y se expande por el mundo…

En lo personal prefiero el Shumukh (cuesta 1,150,000 euros). El más caro del mundo. Se vende en Dubái. Es una mezcla de almizcle, rosa turla y sándalo. Su aroma es unisex y perdura 12 horas sobre la piel y hasta 30 días en la ropa. Ejem.

Qué tal. Y, qué bueno, porque eso de andar oliendo a león como que no está bien. Y es bueno aromatizar al mundo y aromatizar nuestros pensamientos porque así nos sentimos a gusto y vemos la sonrisa de quienes nos acompañan como diciendo: “Este sí se bañó”.

“Son tus perjúmenes, mujer, los que me sulibeyan; los que me sulibeyan, son tus perjúmenes, mujer…”

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