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Análisisviernes, 2 de agosto de 2024

Hojas de papel | ‘…Picante, pero sabroso…’

Los mexicanos comemos chile picante a la menor provocación, a la menor señal de “¡A comer!” Y todo ahí está hecho para el sufrimiento momentáneo, para el infierno de todos tan temido; para irás y no volverás; para “me siento lacio-lacio-lacio”…

En adelante ya nada es igual. La comida sabe insípida si no tiene picante. El alimento formal no es alimento porque no tiene ese toque infinito que da el sabor del chile verde, Llorona, ‘picante, pero sabroso’.

Una torta de milanesa o de pierna o de pollo o de lo que mejor se prefiera no sabe igual sin sus rajitas de chiles en vinagre o sus trocitos de chile chipotle… ese es precisamente el toque mágico, el toque sin igual y sin reserva…

Y así la mayor parte de los platillos mexicanos que en un noventa por ciento utilizan el picante como complemento indispensable para saber bien, para saber a mexicanos al grito de ¡aguaaaa!

En gran parte del mundo no entienden, no se explican, no se les mete en la cabeza que los mexicanos tengamos que sufrir cuando desayunamos, cuando comemos o cenamos e, incluso cuando nos echamos “un tentempié” por algún lado.

Dicen allá afuera que con el picante le quitamos la esencia de los sabores a la comida; que sabe a fuego lo que comemos; que tenemos panza y garganta de hojalata porque aguantamos esos ardores fatales… Pues sí. Pero no.

Pero nada como un chile verde picadito en un caldito de frijoles, en el consomé de pollo o a mordidas para que el paladar sienta lo que se siente al subir al cielo.

Según se sabe, el chile es originario de México. Aunque hay vestigios de su presencia en Centroamérica y Sudamérica. Su nombre viene del náhuatl ‘chili’ y de éste hay una gran diversidad de especies.

Y según estudios del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), los chiles comenzaron a utilizarse desde hace más de 8,000 años combinados con alimentos como el maíz, el frijol y la calabaza.

Y según cuenta la leyenda, primero se conoció y recolectó en el medio silvestre, y poco a poco lo domesticaron las mujeres y los hombres indígenas, los que, luego de mucho tiempo, generaron una amplia variedad de especies ‘chilaceas’.

Chihuahua, Sinaloa, Zacatecas, San Luis Potosí, Sonora y Jalisco son los principales estados productores de chile en México y uno de los mayores consumidores es Oaxaca, por sus más de siete moles conocidos y reconocidos en el mundo según la UNESCO.

Y según cifras de comercio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), México es uno de los principales exportadores de chile verde y ocupa el sexto lugar en ventas de chile seco en el extranjero. ¡Tenga para que se entretenga!

El aroma que despedía aquel alimento ya sazonado despertó el apetito de un joven estudiante estadounidense que pasaba por ahí.

Don Higinio le ofreció un taco. Muy gustoso y contento. Era su comida. Su alimento. Su picante. El joven aquel probó el taco y de pronto quería gritar, correr, gemía, pedía agua-agua-agua… Se la dieron y él valiente se comió el taco.

Al día siguiente regresó por otro taco, pero esta vez venía con su buena dotación de agua y dulces “para los ardores”, dijo. Y se comió el taco y se hizo amigo de don Higinio y de todos los ahí presentes que lo abrazaron “por valiente y aguantador”.

Y pues eso: “Yo soy como el chile verde, Llorona, picante, pero sabroso…”

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