Análisisjueves, 5 de febrero de 2026
¿La era de los sobrediagnósticos?
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Una de los contrastes más grandes que suelo observar entre las nuevas generaciones y los adultos mayores (o simplemente personas de generaciones más avanzadas) es cómo se considera que los jóvenes se “sobrediagnostican”. Existe una noción de que el exceso de información nos ha hecho encuadrar de manera patológica síntomas o características que en épocas pasadas se han considerado “normales”.
Hemos visto esto suceder de manera frecuente, por ejemplo, con el Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), ya que la información sobre el trastorno empezó a circular de manera más frecuente en redes sociales a partir de la pandemia. La gente comenzó a hablar más abiertamente de ello y a encontrar que muchos otros probablemente también lo padecían. Al mismo tiempo, muchas personas comenzaron a desacreditar estos diagnósticos y decir que “todos tenemos un poco de eso”.
El TDAH puede llegar a ser un caso especial, pero es verdad que nos estamos encontrando en una divergencia de posturas y opiniones sobre a los diagnósticos. Pero ¿quién tiene razón? ¿Es acaso una especie de paranoia de los jóvenes o una normalización incorrecta por parte de las generaciones más avanzadas?
En el libro “Sedados: Cómo el capitalismo moderno creó nuestra crisis de salud mental” el doctor James Davies argumenta que el exceso de diagnósticos se debe a que hemos malinterpretado fundamentalmente el problema. En lugar de considerar la mayor parte del sufrimiento mental como una reacción comprensible a problemas sociales más amplios, hemos adoptado un modelo médico que sitúa el problema únicamente en la persona que lo padece y su cerebro.
El libro examina por qué esta visión individualista de las enfermedades mentales ha sido promovida por las grandes empresas, mostrando así cómo el promover los sobrediagnósticos actúa más en interés de las grandes farmacéuticas que de los propios pacientes.
La realidad es que en la actualidad le hemos dado mayor importancia a la salud mental y hemos sido capaces de reconocer abusos y malas costumbres que antes se normalizaban. Y es extremadamente importante darnos cuenta que la salud mental es uno de los pilares de la calidad de vida de un ser humano, y que el luchar por ella no es una exageración sino un derecho humano.
Sin embargo, existe un grado de verdad cuando se dice que hemos llegado a un nivel cada vez más alto de diagnósticos que quizá son incorrectos. No porque nuestros problemas no sean válidos o reales, sino porque el sobrediagnosticar tiene claros motivos económicos y políticos que desean distraernos del verdadero problema: la sobreexplotación económica que vivimos todos los días.
Y quizá hay cierto grado de verdad en que parte de la energía que usamos para corregir a las personas que (con buenas o malas intenciones) puede hacer comentarios deberíamos de enfocar más en luchar por condiciones justas ante nuestros trabajos y nuestros gobiernos que nos permitan vivir una vida con menos tensiones. Una vida en la que nuestra salud mental no esté en constante riesgo por las condiciones en las que vivimos y que no siempre podemos cambiar solos.