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“Cada palabra que viene de la boca de Hitler es una mentira. Cuando dice paz, significa guerra y cuando sacrílegamente usa el nombre del Todopoderoso, significa el poder del demonio, el ángel caído, Satán. Su boca es la pestilente boca del infierno y su poder está en ese abismo maldito”, sentencia el cuarto panfleto de La Rosa Blanca.
Están convencidos de que su lucha contra el Nacional Socialismo es contra un estado terrorista y quien “aún dude” de ello, es decir, de la “existencia de los poderes del demonio”, habrá fracasado justamente en entender cuál es el verdadero “trasfondo metafísico de esta guerra”. ¿Por qué lo creen? Porque reconocen que detrás de lo visible, lo concreto y de todo objeto aparentemente lógico, existe un elemento irracional al que imputan como “la lucha contra el demonio y contra los siervos del Anticristo”. De ahí que adviertan que desde la obscuridad el demonio acecha el instante en que el hombre cae presa de la debilidad y es despojado de su voluntad y libertad como creación de Dios, procediendo a trabajar para el maligno que está separado de todo orden divino, y cuando el hombre pierde su confianza en Dios, queda a merced, indefenso, ante el demonio.
Por ello mismo urgen con firmeza a sus conciudadanos: “debemos atacar al demonio donde es más fuerte y donde es más fuerte es en el poder de Hitler”. Acto seguido evocan el “Eclesiastés” y a Novalis, cuando el poeta advierte que sólo la religión podría “redespertar a Europa”, restableciendo los derechos humanos e instaurando la cristiandad para garantizar la paz. La Rosa Blanca —declaran también— no contaba con patrocinio de poder extranjero alguno y, aún y cuando el régimen debería ser quebrantado militarmente, el objetivo del movimiento sería lograr la “renovación del espíritu alemán”. Por cuanto a Hitler y sus “secuaces, miembros del partido, traidores y similares”, aunque no pudiera existir castigo en la Tierra para sus abominables crímenes, jamás deberían ser olvidados sus nombres.
Sus primeros panfletos, distribuidos entre junio y julio de 1942, fueron elaborados en una sola hoja, mecanoescritos por ambas caras. El cierre de los primeros tres era: “Por favor, hagan copias de este folleto y compártanlas”. El del cuarto: “¡No seremos silenciados! Somos su conciencia. ¡La Rosa Blanca no les dejará en paz!”. Para enero y febrero de 1943 son distribuidos por miles los que serán sus últimos dos panfletos. Los nazis se ocupan de impedir que la ciudadanía los lea y se entere de sus atropellos, pero los jóvenes eran indomables y a través del tren consiguieron llevarse costales llenos de ellos para distribuirlos en los vagones, así como hacerlos llegar a otras ciudades germanas.
En el quinto, reconocen que la movilización de los Estados Unidos ha sido impresionante y, basados en cálculos matemáticos, juzgan que Hitler está llevando al pueblo alemán al abismo. No podrá ganar la guerra, pero sí la prolongará. Y mientras dicho pueblo no ve ni escucha y sigue “ciegamente a sus seductores hacia la ruina”, Hitler escribe en la bandera: “¡Victoria a cualquier precio! ¡Pelearé hasta el último hombre!”, aunque ya la guerra esté perdida.
Increpa así La Rosa Blanca a la población: ¿quieren sufrir el mismo destino que los judíos? ¿Ser juzgados tal y como lo serán los calumniadores? ¿Permitir que Alemania llegue a ser la nación más odiada y rechazada por toda la humanidad? La respuesta es NO. Piden entonces alejarse de los criminales del Nacional Socialismo. Confían en que la guerra de liberación está próxima y que los “mejores” de la Nación estarán contra el régimen. Y por eso mismo espetan: “¡Abandona la indiferencia en la que has estado inmerso, toma la decisión antes de que sea demasiado tarde!”. El bienestar alemán no depende de la victoria del nazismo pues ningún régimen criminal lo puede hacer. La justicia estará esperando a todo el que se escondió, fue cobarde o indeciso. Además, Alemania deberá ser reconstruida como un estado federal, luego de ser destruida desde sus cimientos la hegemonía centralizada que el Tercer Reich estableció.
El cierre del penúltimo panfleto es revelador. Pugnan por la libertad de expresión, de religión y por la protección de los ciudadanos individuales frente a la voluntad arbitraria de un criminal que gobierna basado en la violencia, debiendo ser ellas las “bases de la nueva Europa”.
A esta altura, el pensamiento de los jóvenes de La Rosa Blanca ha alcanzado una claridad feroz: su lucha contra el nazismo no es sólo política: es espiritual, casi litúrgica, porque el mal que enfrentan rebasa lo humano y se filtra en la estructura misma del Estado. Han visto cómo la mentira se convierte en ley, cómo el terror se vuelve método y cómo un pueblo entero ha sido arrastrado al abismo por la voluntad de un solo hombre. Por ello insisten en despertar a Alemania de su sopor moral, confiando en que aún es posible rescatar su espíritu, pero mientras su palabra se expande, el tiempo se acorta. A este punto —cuando su voz adquiere mayor fuerza—aparecerá el sexto panfleto… y con él, el principio del fin para el movimiento.