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Me pregunto ¿estaremos aún a tiempo de impedir que la muerte de Orfeo, sobre todo en la música de arte sea algo irreparable? Lamentablemente no lo sé, porque al peligro de la suplantación informática sobre la capacidad creadora musical humana que advertía Uberto Zanolli se suman hoy nuevos peligros.
Los avances de la inteligencia artificial (IA) permiten actualmente que baste un “prompt” para que ciertos programas de cómputo y aplicaciones móviles puedan elaborar nuevas composiciones imitando a los diversos estilos que, a lo largo de los siglos, reconoció como tales la historia musical: desde el renacentista, barroco, clásico, romántico e impresionista, hasta cualquiera de las vanguardias musicales del siglo XX: microtonalismo, dodecafonismo, atonalismo, serialismo, por citar solo a algunas. Y esto lo saben los músicos, pero más tienen conciencia de ello los expertos en sistemas informáticos.
Crear un coral al “estilo” bachiano, un concierto según el “estilo” vivaldiano, una sonata según los cánones clásicos o una sinfonía romántica está a un clic de distancia. Ni siquiera hace falta una computadora, basta un celular con el software adecuado para generarlos. A este punto, se podrá decir que sin la magistral obra primigenia de Johann Sebastian Bach, de Antonio Vivaldi, de Wolfgang Amadeus Mozart o de Ludwig van Beethoven no se podría tener un producto derivado de la IA. La cuestión es que cada nanosegundo la IA avanza gracias a todos nosotros y a ella misma. ¿Estamos realmente muy lejos de atestiguar que ya no nos necesita para ser autónoma y crear por sí sola? No. Ya lo hace. No sólo analiza patrones rítmico-armónicos, motivos, formas y estructuras; no sólo compara; desarrolla ya por sí misma y cada día es más libre e independiente, al grado que la musicología computacional puede estudiar, analizar y diseccionar todas las sonatas de Beethoven; todas las óperas de Verdi y Wagner; todos los conciertos de Vivaldi y Mozart; todas las sinfonías de Mahler y Bruckner en segundos. No hay límites ya para ella.
¿Ha entonces desplazado la IA al sujeto humano creador? En ciertos casos sí. En otros aún no, pero mientras la humanidad toma conciencia de ello y decide revertirlo o asumirlo, entre los peligros a los que me refería en un inicio, debo destacar otros que son tanto o aún más graves que los que pueda detonar ella en la creación artística.
El mundo contemporáneo vive presa del ruido y de la distracción acústica indiscriminados. En una capital como la Ciudad de México es imposible salir a las calles y no ser objeto de una total saturación sonora, no sólo por la multiplicidad de fenómenos acústicos disímbolos que tienen lugar, sino ante los inclementes niveles de volumen a los que las personas estamos expuestos. La pérdida por tanto del oído no sólo se está agravando en todos nosotros, sino que también se está anticipando en edad, agudizada además por el excesivo uso de dispositivos, predominantemente auriculares (internos, externos, circumaurales, supraurales, etc.), de los que ya no se prescinde no sólo para tener una experiencia más gratificante e íntima sino también como mecanismo de aislamiento ante la contaminación acústica que nos rodea. Pero esto no es lo peor. En la vorágine en que estamos inmersos, la música de arte está siendo desplazada por lo fácil, lo reiterativo, y sobre todo por la estridencia, en tanto que la belleza del arte órfico es despreciada y reemplazada por lo deforme, sórdido y grotesco.
Y aún más: la música de arte está ya viviendo un proceso de exterminio. Por un lado, el secuestro auto-tolerado de Occidente y la labor de zapa que busca la destrucción de sus valores grecorromano-cristianos está avanzando a pasos agigantados. Grupos extremistas, sobre todo en Europa, destruyen públicamente todo tipo de instrumentos musicales: desde acordeones, pianos, guitarras, violines, hasta órganos de iglesias y catedrales, a la par que declaran “haram” al canto y la interpretación instrumental, sin que ninguna autoridad ni la sociedad misma se indignen y defiendan su legado.
Por otro, estamos envueltos en medio de un discurso perverso, no distinto del anterior, en el que hasta algunos sectores sociales (sobre todo de las nuevas generaciones), creen que contribuir a la salvaguarda y perpetuación de la música de arte por sí misma es equivalente a ser un anacrónico, un imperialista de derecha, en pocas palabras, un conservador.
Yo les diría: ¡cuánto les hace falta por desarrollar su sensibilidad y conocimiento de lo que son la cultura y el arte verdaderamente universales! Es paradójico que mejor lo comprendan y se deleiten con dicha música los animales sintientes y el reino vegetal.
Y justo es por ello que creo también que, aún y cuando la música de arte pudiera ser silenciada por el propio ser humano, el arte de Orfeo no podrá morir: existe más allá del ser humano y de sus convencionalismos, limitaciones y distorsionadas preconcepciones. ¿Por qué? Porque confirmo que está dotado de una esencia que es, como algún día dijo el propio Zanolli, inmortal.