Rumbo a la demolición cultural de Occidente (I)
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Mucho se habla hoy en día de “cultura”, pero realmente ¿tenemos idea de lo qué significa? Desde un punto de vista etimológico, deriva del latín “colere”: cultivar, de ahí que una de sus acepciones más antiguas provenga de Catón el Viejo, quien en el siglo II a.C. la utilizó para dar vida a la palabra “agricultura” o cultivo de la tierra, siendo empleada más tarde por Cicerón (s. I a.C.) para identificar con ella ahora al cultivo del espíritu: la “cultura animae”, la “humanitas”, propiciando que comenzara a considerarse como culto al hombre que llevaba a cabo un cultivo propio en búsqueda de la libertad y del espíritu crítico.
Con el paso de los siglos, esta connotación clásica continuó prevaleciendo, al grado que durante la ilustración estuvo asociada a un sentido social, en tanto sinónimo de progreso y de ser vía para transitar de la barbarie a la civilización. Dos conceptos igualmente de antiguo origen romano, desde el momento en que para los romanos lo “bárbaro” era todo aquello que se encontraba fuera de la “civilización”, de todo lo que implicaba ser y compartir el legado transmitido y compartido por los ciudadanos de Roma, ya que para ellos: bárbaros eran pueblos como los visigodos, ostrogodos, celtas, burgundios, francos, ni se diga los hunos, entre muchos otros.
No obstante, conforme avanzó el paso de los siglos, para los románticos decimonónicos el concepto de cultura comenzó a desbordarse, desde el momento en que ahora también por cultura se incorporó a los saberes populares, creencias, usos y costumbres que en el pasado habían quedado fuera de su ámbito. Tanto fue así que en 1871, el antropólogo inglés sir Edward Burnett Tylor (1832-1917) elaboró una definición de cultura que hoy se considera no sólo como clásica en el mundo contemporáneo sino como un parteaguas en su evolución, al declarar que ella, a la que equiparó con civilización, en un sentido etnográfico amplio debía ser entendida como “ese todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre en cuanto miembro de una sociedad”. En pocas palabras, dejaba un reto a la posteridad, al establecer que “cultura” era todo aquello que formaba parte del entorno social.
Sin embargo, evidentemente luego de ocho décadas de guerras, holocaustos y desastres, las categorías y conceptos tradicionales que formaron parte del eje conceptual antropológico entraron en choque, en particular las ideas de “cultura” y “civilización”. Así lo comprobaron en 1952 los antropólogos estadounidenses Alfred Louis Kroeber (1876-1960) y Clyde Kluckhohn (1905-1960), al publicar una obra que igualmente se hizo paradigmática: Culture. A critical review of concepts and definitions, en la que luego de realizar una revisión histórica sobre su evolución, presentaron más de 160 distintas definiciones sobre el concepto de “cultura”, subdividiéndolas en siete grupos: descriptivo, histórico, normativo, psicológico, estructural y genético, además de definiciones incompletas que presentaron en otro apartado, a partir de las cuales elaboraron su propio posicionamiento.
Su conclusión fue que la cultura consistía “en formas de comportamiento, explícitas o implícitas, adquiridas y transmitidas mediante símbolos, y constituye el patrimonio singularizador de los grupos humanos, incluída su plasmación en objetos; el núcleo esencial de la Cultura son las ideas tradicionales (es decir, históricamente generadas y seleccionadas) y, especialmente, los valores vinculados a ellas; los sistemas de culturas pueden ser considerados, por una parte, como productos de la acción, y por otra, como elementos condicionantes de la acción futura”.
No obstante, aún y cuando han pasado otras siete décadas desde entonces, hablar de cultura no ha perdido un ápice de la complejidad inicial. Al contrario. Resulta eufemístico decir, aunque sea verídico, que cultura es todo, pero hasta cierto punto termina siendo simplista. Pensemos tan sólo en lo que el escritor y divulgador cultural mexicano René Avilés Fabila (1940-2016) destacaba —ya en este milenio—, cuando afirmaba que la cultura “es una forma de vida, de pensar, de actuar y de sentir… un patrimonio social del hombre, como lo son todos los elementos que la integran: instituciones, ideas, creencias y obras. Muta con el tiempo y se transmuta en el espacio”, siendo ante todo “una manera inteligente de combatir la inseguridad, la violencia, pero no por sí misma, no ella sola”.
Con estos autores y sus respetivas visiones, desde la holística tyloriana a la sistémica de ideas y valores que aportaron Kroeber y Kluckhohn y, tomando como punto de base la avilesfabiliana que destaca su crucial importancia dentro de una sociedad para enfrentar su propia desintegración, abordaré dos casos, aparentemente distintos y antagónicos pero en el fondo coincidentes en su origen, que hoy ponen en jaque a nuestra cultura: el caso Bad Bunny y la guerra ideológica contra Occidente, al que conducen rumbo a su demolición. (Continuará)