Eduardo Clark recordó que cuando las personas no reciben sus medicamentos pueden comunicarse a la línea 079 o ingresar al portal web: recetacompleta.gob.mx
Advierten que no existe claridad sobre su participación en el Plan Kukulcán anunciado por la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, lo que podría derivar en improvisación durante eventos masivos
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En México, la desaparición es una herida abierta, una deuda del Estado y una tragedia que miles de familias se niegan a dejar en el olvido. No hay estadística capaz de contener el dolor de una madre que busca, ni depuración técnica que sustituya la verdad, la justicia y el regreso a casa.
Por eso lastima tanto que, mientras el gobierno presentó recientemente una reinterpretación del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, reduciendo el universo de casos “sin rastro de actividad” a poco más de 43 mil, lo que muchas familias escucharon no fue una estrategia de búsqueda, sino un intento de administrar políticamente la magnitud de la tragedia.
La presidenta y su equipo informaron que, de las más de 132 mil personas registradas, 40 mil 308 mostraron alguna actividadposterior; 46 mil 742 tienen datos insuficientes; y 43 mil 128 cuentan con identidad y sin actividad posterior. También admitieron que solo 3 mil 869 de estos últimos casos tienen carpeta de investigación abierta. Ese dato, por sí mismo, habla del tamaño de la omisión institucional. Porque si faltan datos, si no hay carpetas, si los registros están mal integrados, la falla no es de las familias, es del Estado, y cuando el Estado falla así, cada ajuste estadístico corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de desaparición.
Las madres buscadoras dijeron con claridad lo que ningún informe oficial pudo desmentir: reclasificar no es localizar; una vacuna, un cambio de domicilio o un registro civil no equivalen a una prueba de vida; que incluso puede tratarse de homonimias, suplantaciones o registros cruzados. Sobre todo, señalaron algo esencial: si hoy hay miles de expedientes incompletos, es porque durante años las instituciones no hicieron bien su trabajo. Lo que presentó el gobierno no disipó la desconfianza; la profundizó.
Mientras en Palacio se hablaba de categorías, afuera seguía ocurriendo el país real. En la reapertura del Estadio, previo al amistoso entre México y Portugal, madres buscadoras protestaron en las inmediaciones con fichas, pancartas, veladoras y los rostros de sus desaparecidos. “Que sepan que en México hay miles de personas desaparecidas”, dijeron. Una de las consignas reportadas fue brutal y exacta: “México campeón en desaparición”. Recordaron que no hay espectáculo, Mundial, ni narrativa de modernidad que pueda tapar el vacío de más de 132 mil ausencias acumuladas.
Ese contraste duele porque revela nuestras prioridades invertidas. Importa más discutir si lacifra baja que construir confianza en los registros, fortalecer fiscalías, robustecer capacidades forenses y garantizar búsquedas efectivas. Pero las madres han insistido, una y otra vez, en lo esencial: no son números, son personas. Cada persona desaparecida tiene nombre, historia, familia, un lugar vacío en la mesa y una vida suspendida para quienes la siguen esperando.
No es la primera vez que este país se asoma al horror y quiere cubrirlo con burocracia. Desde hace años, abundan fosas, negligencia y una institucionalidad incapaz. La exigencia de fondo sigue siendo la misma: que el Estado deje de administrar números de personas desaparecidas y asuma su responsabilidad de buscar, identificar y hacer justicia.
México no necesita menos desaparecidos en el papel. Necesita menos desaparecidos en la realidad, eso no se logra ajustando bases de datos, sino honrando la verdad de quienes buscan, escuchando a las familias y entendiendo que la dignidad de un país también se mide por su capacidad de nombrar a sus ausentes y no abandonarlos otra vez.