¿Y si crecen los enanos?
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEn 2027 podría presentarse un fenómeno que muchos consideran improbable, pero que la historia electoral mexicana advierte con insistencia: la posible emergencia de ciertos referentes opositores en diversas alcaldías de la Ciudad de México, en al menos dieciocho capitales estatales, en municipios de alta competencia política y, en un escenario más complejo, en dos o tres entidades donde la disputa territorial se ha vuelto un ajedrez de lealtades frágiles, inercias heredadas y desconciertos acumulados. No es profecía: es una posibilidad tangible, alimentada más por errores propios que por virtudes ajenas.
La expresión “que no crezcan los enanos” no alude a ninguna condición física —toda persona merece absoluta dignidad—, sino a una advertencia clásica: cuidado con minimizar al adversario que parece pequeño. La política tiene una cualidad irónica: suele coronar a quien todos daban por descartado. Su sentido es estratégico, no antropométrico: no hay enemigo menor; la soberbia es antesala de la derrota; y ninguna encuesta es una coraza contra las decisiones equivocadas.
Ahí reside el talón de Aquiles de Morena: la tentación de imponer candidaturas sin arraigo, sin biografía territorial, sin sensibilidad comunitaria. Perfiles construidos en laboratorios de mercadotecnia digital que desconocen el pulso real de la calle. Figuras que no dialogan con nadie y que, sin embargo, pretenden representarlo todo. La victoria del movimiento no se sostiene en los números, sino en la calidad política y moral de quienes encarnan el proyecto. Y, en los últimos meses, la selección interna de cuadros se parece más a un trámite burocrático que a un ejercicio de responsabilidad histórica.
Del otro lado, la oposición continúa encerrada en su propio espejismo. Sus dirigencias creen que propaganda equivale a estrategia y que repetir un mensaje equivale a convencer. Importan manuales de ultraderecha como quien compra oráculos descompuestos: desinformación, guerra psicológica, manipulación digital, sobredramatización mediática. Pero ni con esa mezcla consiguen conectar con jóvenes, universitarios, trabajadores, campesinos u obreros. Morena sigue dominando ese mapa, pero su hegemonía podría erosionarse por combustión interna, no por presión externa.
Vale imaginar, sin conceder, el escenario adverso: que crecieran los enanos, que ganaran alcaldías clave o municipios emblemáticos, o incluso la capital del país. Las consecuencias serían inmediatas. Con la excusa del “orden”, regresarían las viejas recetas: recortes a derechos adquiridos, retrocesos en libertades civiles, reversión de políticas progresistas. La derecha mexicana no gobierna: reinstala. No innova: revive lo que la sociedad ya superó. Ese retroceso, en manos de operadores experimentados, tendría un efecto de metástasis política.
Un conservadurismo repotenciado abriría la puerta a asesorías extranjeras, tutelajes ideológicos y experimentos punitivos que se disfrazarían de “cooperación”. El viejo entreguismo buscaría regresar con su afán de convertir recursos estratégicos en mercancía y de usar a la fuerza pública como muro de contención social. Volverían las voces que coquetean con castigos exacerbados y con políticas de seguridad de corte regresivo.
Pero la amenaza no está en ellos. Está en nosotros. Morena enfrenta un riesgo que no aparece en ninguna encuesta: el sectarismo. Esa enfermedad silenciosa que convierte la política en club, que premia la obediencia ciega sobre la capacidad, que confunde disciplina con sumisión. Cuando un movimiento popular asfixia su diversidad interna, la ideología deja de ser brújula y se vuelve adorno.
Por ello es indispensable recordar que un proyecto histórico no se sostiene en exclusiones, sino en convicciones compartidas. Morena no puede darse el lujo de prescindir de cuadros con trayectoria, formación, arraigo, disciplina y compromiso social probado. La unidad no se decreta; se construye todos los días con reconocimiento y participación.
Si algo debe impedir que crezcan los enanos es precisamente eso: la capacidad del movimiento para sumar, no descartar; para corregir, no simular; para escuchar, no imponer. El 2027 está abierto. Nada está escrito. Y ningún gigante es invencible cuando se deja devorar por el silencio que él mismo provoca.