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Pocas tradiciones han logrado atravesar los siglos con la densidad simbólica de la Semana Santa. Su conmemoración, tal como hoy la conocemos, se remonta a los primeros siglos del cristianismo, particularmente al siglo IV, cuando el Imperio romano, ya bajo la influencia de la nueva fe, institucionalizó las celebraciones en torno a la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Desde entonces, este periodo litúrgico se convirtió no sólo en una práctica religiosa, sino en un fenómeno cultural de alcance global.
La Semana Santa no es una fecha fija en el calendario civil; responde al ciclo lunar y se celebra el primer domingo después de la primera luna llena posterior al equinoccio de primavera. Este rasgo, heredado de tradiciones antiguas, conecta la festividad con ritmos naturales y agrícolas, reforzando su carácter simbólico de renovación y tránsito. Hoy se conmemora en prácticamente todos los países con tradición cristiana: desde España e Italia hasta Filipinas y diversas naciones de América Latina. En muchos de ellos, incluidos México, Colombia, Perú y España, constituye un periodo oficial de asueto que moviliza a millones de personas.
Conviene; sin embargo, distinguir entre la dimensión religiosa institucional y la vivencia espiritual. Diversos análisis sociológicos han advertido que, aunque una parte importante de la población participa en ceremonias litúrgicas, otra asume estas fechas como un tiempo de descanso, introspección o convivencia. En México, esta dualidad se expresa con claridad: templos llenos, procesiones multitudinarias y, al mismo tiempo, carreteras saturadas por quienes buscan salir de las ciudades.
En ese mosaico, la Ciudad de México ofrece un contraste singular. Mientras millones de capitalinos aprovechan el periodo para viajar, la urbe experimenta una inusual disminución del tránsito vehicular, una suerte de tregua en su ritmo cotidiano. Es, paradójicamente, uno de los mejores momentos para recorrerla: avenidas más despejadas, servicios más accesibles y una atmósfera que permite redescubrir espacios habitualmente desbordados. La capital se vuelve, por unos días, más habitable.
No obstante, en el oriente de la ciudad ocurre lo contrario. En Iztapalapa, la Semana Santa alcanza una de sus expresiones más emblemáticas. La representación de la Pasión de Cristo, con más de 180 años de tradición, congrega a cerca de dos millones de personas. No es un espectáculo improvisado: participan miles de vecinos organizados durante meses, con un rigor que mezcla fe, disciplina comunitaria y sentido de pertenencia. El Cerro de la Estrella se convierte en un escenario vivo donde se recrea el viacrucis, y donde el silencio, el esfuerzo físico y la devoción construyen una experiencia colectiva difícil de replicar en otro lugar.
El Jueves Santo, en distintos puntos del país, se mantiene la visita a las siete casas, una práctica que en ciudades como Puebla, Querétaro o Oaxaca adquiere un carácter profundamente introspectivo. El Viernes Santo, en tanto, despliega una diversidad de formas: desde la solemnidad penitencial de Taxco, con sus procesiones austeras, hasta las representaciones teatrales del Bajío y el norte del país. Cada región imprime su propio acento, pero todas comparten un trasfondo común: la evocación del sacrificio y la esperanza.
Estas manifestaciones no son meros actos rituales; constituyen formas de memoria colectiva donde se entrelazan historia, identidad y comunidad. La Semana Santa, en México, trasciende el ámbito estrictamente religioso para convertirse en un patrimonio cultural vivo, donde lo sagrado y lo popular dialogan sin anularse.
Cabe entonces una reflexión necesaria. En un mundo marcado por la prisa y la fragmentación, estas fechas ofrecen la posibilidad de una pausa consciente. Más allá de credos, la Semana Santa interpela desde lo humano: invita a mirar el dolor ajeno, a reconocer la fragilidad compartida y a recuperar la empatía como principio ético. Su sentido profundo no radica únicamente en la repetición de ritos, sino en la capacidad de resignificarlos.
La Semana Santa mexicana persiste, así, como un espejo de nuestras tensiones: entre fe y costumbre, entre recogimiento y turismo, entre tradición y modernidad. Y acaso en esa complejidad reside su vigencia: en recordarnos, cada año, que toda comunidad necesita detenerse para comprenderse a sí misma.