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Mundodomingo, 15 de febrero de 2026

Nepal: Cuando una generación aprendió a sincronizarse y el Estado colapsó

Juan Luis Ramos / El Sol de México

Tiempo para aburrirse. Tiempo para mirar.

Observaba patrones.

“En retrospectiva, ese aburrimiento fue una ventaja inesperada”, diría después. Le permitió observar lo que ocurría con distancia, pensar estratégicamente en lugar de impulsivamente.

Aun así, fracasó. No lograron atraer patrocinadores. Años después entendió por qué: no había una historia sólida detrás. Solo decían que querían ayudar a jóvenes. Fue, dice, el mejor fracaso de su vida.

Ahí reconoció la alineación que había visto tantas veces en otras pantallas, en otros movimientos. Supo que esa ventana sería breve. Y entendió que, si no se le daba forma, se disiparía. 

Meses después, ese joven que había pasado años observando multitudes desde una pantalla estaría en el centro de un proceso que, en cuestión de horas, llevaría a la caída del gobierno de Nepal.

Uno de esos espacios fue moderado por Shaswot Lamichhane, el joven de 18 años que hasta hacía poco observaba protestas ajenas a través de videos.

Cuando el Estado deja de sostenerse

Nepal no vivió una revolución en el sentido clásico del término. No hubo un levantamiento armado, ni una insurrección prolongada, ni millones de personas ocupando las calles durante meses.

En un país de casi 30 millones de habitantes, la caída del gobierno no se produjo tras meses de movilización masiva, sino frente a una presión ciudadana relativamente acotada, pero sincronizada de manera extraordinaria.

El descontento encontró forma

Esa fragilidad institucional no habría bastado, sin embargo, sin una arquitectura mínima de coordinación que evitara que la presión social se dispersara tan rápido como había surgido.

El vacío de poder 

A ese riesgo se suma, advirtió, el avance de la inteligencia artificial y de los deepfakes, que pueden convertir la desinformación en un problema estructural.

Después del estallido

Aun con contextos distintos, la experiencia nepalí funcionó como catalizador simbólico en un ambiente ya marcado por el hartazgo.

El joven Shaswot Lamichhane sabe que muchos seguirán llamando “revolución” a lo ocurrido el 8 de septiembre porque “sirve para buenos titulares”. Pero insiste en otra lectura.

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