“En retrospectiva, ese aburrimiento fue una ventaja inesperada”, diría después. Le permitió observar lo que ocurría con distancia, pensar estratégicamente en lugar de impulsivamente.
Aun así, fracasó. No lograron atraer patrocinadores. Años después entendió por qué: no había una historia sólida detrás. Solo decían que querían ayudar a jóvenes. Fue, dice, el mejor fracaso de su vida.
Ahí reconoció la alineación que había visto tantas veces en otras pantallas, en otros movimientos. Supo que esa ventana sería breve. Y entendió que, si no se le daba forma, se disiparía.
Meses después, ese joven que había pasado años observando multitudes desde una pantalla estaría en el centro de un proceso que, en cuestión de horas, llevaría a la caídadel gobierno de Nepal.
Uno de esos espacios fue moderado por Shaswot Lamichhane, el joven de 18 años que hasta hacía poco observaba protestas ajenas a través de videos.
Cuando el Estado deja de sostenerse
Nepal no vivió una revolución en el sentido clásico del término. No hubo un levantamiento armado, ni una insurrección prolongada, ni millones de personas ocupando las calles durante meses.
En un país de casi 30 millones de habitantes, la caída del gobierno no se produjo tras meses de movilización masiva, sino frente a una presión ciudadana relativamente acotada, pero sincronizada de manera extraordinaria.
El descontento encontró forma
Esa fragilidad institucional no habría bastado, sin embargo, sin una arquitectura mínima de coordinación que evitara que la presión social se dispersara tan rápido como había surgido.
El vacío de poder
A ese riesgo se suma, advirtió, el avance de la inteligencia artificial y de los deepfakes, que pueden convertir la desinformación en un problema estructural.
Después del estallido
Aun con contextos distintos, la experiencia nepalí funcionó como catalizador simbólico en un ambiente ya marcado por el hartazgo.
El joven Shaswot Lamichhane sabe que muchos seguirán llamando “revolución” a lo ocurrido el 8 de septiembre porque “sirve para buenos titulares”. Pero insiste en otra lectura.
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La historia de Shaswot Lamichhane, un joven de 18 años que pasó de observar protestas ajenas desde la pantalla de su teléfono a moderar uno de los espacios digitales clave del movimiento, ayuda a entender por qué lo ocurrido en Nepal en septiembre de 2025 no fue una revolución clásica, sino el colapso de un Estado debilitado frente a una ciudadanía sorprendentemente alineada
Shaswot Lamichhane tenía 18 años y estaba sentado en la sala de su casa, con el teléfono en la mano, deslizando el dedo sobre la pantalla. No buscaba nada en particular. Acababa de terminar la secundaria —el ciclo de estudios previo a la educación superior en Nepal— y, por primera vez en años, tenía algo que no había tenido del todo: tiempo.
En la pantalla aparecían videos de protestas en otros países. Multitudes en Hong Kong avanzando bajo paraguas negros; marchas silenciosas en Corea del Sur iluminadas por velas; consignas coreadas en idiomas que no entendía, pero cuyos ritmos le resultaban familiares. No eran los eslóganes lo que le llamaba la atención, sino algo más difícil de nombrar.
Veía cómo personas distintas, en contextos lejanos, reaccionaban de formas sorprendentemente similares cuando se organizaban en grupo. Solas —pensaba— las personas son inconsistentes y dudosas. En colectivo, en cambio, reproducen comportamientos previsibles, casi mecánicos, como si siguieran un guion invisible.
Desde temprana edad, Shaswot había desarrollado esa costumbre: observar a las personas como si fueran sistemas. No le interesaban tanto las respuestas como los mecanismos. Qué “instrucciones” hacían que reaccionaran de una u otra forma. Qué detonaba una movilización y qué la hacía fracasar.
A muy corta edad, Shaswot comenzó a observar a las personas como si fueran sistemas / Foto: Cortesía Shaswot Lamichhane
Introvertido y con pocos amigos, encontró en la observación una forma de entender el mundo. Así llegó a una convicción que marcaría su vida: las personas no se mueven por datos ni por ciencia, sino por historias. Las narrativas —entendió— pueden sostener regímenes autoritarios o activar resistencias. No son buenas ni malas en sí mismas. Todo depende de cómo se cuenten.
Esa intuición no surgió solo de los libros de psicología que leía fuera de las aulas. También se alimentó de la ficción. Game of Thrones fue la única serie que siguió completa, no por sus batallas, sino por la forma en que el poder se construía y se derrumbaba a partir de relatos compartidos. Los grandes movimientos —incluidos los autoritarios— se sostienen gracias a historias poderosas.
En retrospectiva, ese aburrimiento fue una ventaja inesperadaShaswot Lamichhane
Mientras deslizaba videos y leía hilos densos sobre comportamiento colectivo, Nepal atravesaba un malestar que llevaba tiempo gestándose. La frustración hacia la clase política circulaba en conversaciones privadas, memes y comentarios dispersos en redes sociales. Era un descontento real, pero todavía sin forma definida.
Shaswot no era un activista ni un dirigente político. No pertenecía a ninguna organización ni tenía experiencia previa en protestas. Acababa de terminar la secundaria y, sin la presión inmediata de exámenes o de ingreso a la universidad, podía permitirse algo poco común: pensar sin reaccionar desde la emoción.
Su interés por las personas y los movimientos sociales no había nacido con ese tiempo libre. Venía de antes, de la escuela. Estudió en Little Angels’ School, una institución grande y concurrida, donde el contacto constante con otros despertó su curiosidad por el comportamiento humano.
El interés de Shaswot Lamichhane por el comportamiento humano nació en las aulas / Foto: Cortesía Shaswot Lamichhane
Formalmente, su educación fue convencional. Informalmente, fue todo lo contrario. Pasaba buena parte del tiempo fuera de las aulas leyendo, observando e intentando comprender cómo se comportan los sistemas bajo presión, especialmente los sistemas sociales. Nunca le interesaron tanto las respuestas como los mecanismos.
A ese interés se sumó una relación obsesiva con la tecnología desde niño. Empezó a llevar su laptop a la escuela y, mientras sus compañeros estaban en clase, él se encerraba en el baño a escribir códigos, jugar y experimentar. Con el tiempo dejó de entrar a las aulas casi por completo. Nadie parecía cuestionarlo demasiado.
Las computadoras se convirtieron en su mundo. Sabía que quería hacer algo con ellas, pero no encontraba espacios para mostrar lo que hacía. Cada intento por acercarse a personas influyentes o proyectos relevantes terminaba igual: lo descartaban por ser demasiado joven. Esa frustración fue constante durante años.
A los 15 años decidió inventarse una identidad adulta. Contactó a Asan Tomsky, director ejecutivo de InDrive, y se presentó como un hombre de 33 años con experiencia profesional. Le propuso llevar la plataforma a Nepal, enfocada en viajes en motocicleta para aliviar los problemas de transporte del país.
Insistió tanto que la empresa aceptó lanzar InDrive Nepal. Fue hasta la primera reunión presencial cuando descubrieron que no era un adulto, sino un adolescente. El equipo se rió, recordó, pero siguieron adelante. Para él fue un punto de quiebre: entendió que las oportunidades no siempre se esperan; a veces se toman.
Durante mucho tiempo creyó que las personas extraordinarias tenían cerebros distintos. Con el tiempo llegó a otra conclusión: la diferencia real está en saber reconocer una ventana de oportunidad y actuar antes de que se cierre.
Cuando tenía 15 años se inventó una identidad adulta para llevar la plataforma InDrive a Nepal / Foto: Cortesía Shaswot Lamichhane
Ese aprendizaje se consolidó con su mayor fracaso. En la preparatoria intentó organizar un hackatónnacional con la Fundación Ujjwal Thapa, creada en honor a un líder social fallecido durante la pandemia de Covid-19. El proyecto tenía respaldo institucional.
Mientras Shaswot procesaba esas lecciones personales, el malestar en Nepal seguía acumulándose. Para muchos jóvenes, el tiempo nunca es completamente propio: se divide entre el estudio, el trabajo, las responsabilidades familiares y la constante planificación del futuro.
En Katmandú, una ciudad densa y caótica, las conversaciones suelen ser intensas. En cafés y largos paseos se debate de política, tecnología, historia o de la posibilidad de salir del país. El significado surge más del diálogo que del espectáculo.
Fue en ese contexto cuando, a principios de septiembre, el gobierno intentó bloquear las redes sociales. Para millones de personas fue una molestia cotidiana. Para Shaswot fue una señal inequívoca: la distracción desapareció de golpe y la irritación se volvió simultánea, compartida, visible.
El primer ministro de Nepal, Khadga Prasad Oli, renunció tras una jornada de protestas encabezadas, en su mayoría, por jóvenes de la llamada Generación Z / Foto: Cortesía Shaswot Lamichhane
Ese reconocimiento —la certeza de que la irritación colectiva estaba alineándose— ocurrió días antes de que las calles hablaran. Antes de que hubiera consignas visibles, rutas definidas o imágenes transmitidas al mundo. Antes, incluso, de que muchos entendieran que algo estaba a punto de romperse.
El 8 de septiembre, miles de jóvenes salieron a las calles de Katmandú. Se concentraron en Maitighar Mandala, un monumento emblemático de la ciudad cuyo nombre remite a Maitighar, una película clásica sobre el desarraigo y la fractura social, desde donde comenzó una movilización que se propagó rápidamente por el país.
Para el mundo occidental, la noticia llegó como sorpresa: un gobierno había caído. En Nepal, el primer ministro Khadga Prasad Oli renunció tras una jornada de protestas encabezadas, en su mayoría, por jóvenes de la llamada Generación Z.
No fue una movilización gestada durante años ni el desenlace de una insurrección armada. Tampoco respondió a la lógica clásica de las revoluciones prolongadas. El colapso ocurrió rápido, de manera desconcertante, frente a una presión ciudadana relativamente acotada en número, pero extraordinariamente sincronizada en intención y momento.
Las imágenes que circularon ese día —edificios incendiados, casas de políticos allanadas, multitudes avanzando entre consignas— dieron la impresión de un estallido súbito. Sin embargo, el quiebre no había comenzado en las calles.
Durante las protestas del 8 de septiembre fueron allanadas las casas de políticos y algunos edificios se incendiaron / Foto: Reuters
Había empezado meses antes, lejos de las cámaras, en foros digitales, conversaciones dispersas en redes sociales y servidores de Discord que funcionaron como espacios de coordinación, discusión y contención emocional.
El gobierno de Khadga Prasad Oli cayó en cuestión de horas frente a miles de civiles desarmados. La multitud se dio cita en Maitighar Mandala, un monumento emblemático de Katmandú, desde donde comenzó una movilización que se propagó rápidamente por el país y fue transmitida al mundo entero.
Las imágenes —edificios incendiados, casas de políticos allanadas, consignas coreadas en las calles— construyeron una narrativa de estallido repentino. Sin embargo, ese desenlace no puede explicarse únicamente por lo ocurrido ese día ni por el tamaño de la protesta.
Las calles de Katmandú lucían los estragos del hartazgo social profundamente arraigado por años de abusos y exhibiciones de riqueza de la clase política, mientras la población vivía en pobreza / Foto: Reuters
Durante años, Nepal había funcionado bajo una estabilidad superficial. Sus élites políticas provenían del conflicto armado, no de tradiciones administrativas modernas. Sabían cómo conquistar el poder, pero nunca desarrollaron la capacidad de ejercerlo de manera sistemática ni de sostener instituciones funcionales en el tiempo.
Roman Gautam, editor de Himal Southasian —una revista regional del sureste asiático basada en Sri Lanka—, ha señalado que los nepalíes han sabido iniciar levantamientos populares, pero han tenido dificultades para consolidarlos. La historia política del país está marcada por rupturas recurrentes y arreglos incompletos.
El primer levantamiento democrático, en la década de 1950, derrocó a los primeros ministros hereditarios de la dinastía Rana y abrió el camino al voto popular. Sin embargo, la monarquía pronto se impuso sobre los partidos emergentes y la dinastía Shah consolidó su poder. Décadas después, el régimen del Panchayat volvió a cerrar los márgenes democráticos.
En 1994, una nueva movilización buscó instaurar un gobierno de partidos, pero el experimento fracasó. La democracia republicana moderna se consolidó formalmente hasta mayo de 2008, tras una guerra civil y la abolición de la monarquía, cuando Shaswot Lamichhane tenía apenas un año de edad.
Menos de dos décadas después, el país atravesaba una nueva crisis de legitimidad. Más del 20 por ciento de la población vivía en pobreza extrema, mientras los excesos de la clase política se volvían cada vez más visibles, en especial a través de los viajes y gastos de lujo de los hijos de funcionarios, conocidos popularmente como nepo babies.
Ese contraste alimentó el descontento durante meses, particularmente entre los jóvenes, que comenzaron a expresar su frustración mediante videos, memes y comentarios críticos en redes sociales. La inconformidad era persistente, pero aún dispersa.
Luego de que el gobierno intentara bloquear las redes sociales, el hartazgo social llevó a jóvenes de la Generación Z a protestar en las calles de Nepal contra los excesos de la clase política / Foto: Reuters
El punto de quiebre llegó cuando el gobierno intentó bloquear las redes sociales. Más que una medida técnica, fue percibida como una intervención directa en la vida cotidiana de millones de personas. La frustración dejó de ser individual y se volvió compartida.
Katmandú, una ciudad de alrededor de 1.5 millones de habitantes donde se concentra buena parte de la vida política, administrativa y mediática del país, amplificó esa sensación de cerco institucional y aceleró el colapso.
Ese fue el momento en que una presión social latente se volvió visible y organizada, encontrando a un Estado debilitado, sin capacidad de respuesta ni margen de maniobra. El sistema no colapsó por la magnitud de la protesta, sino por la fragilidad acumulada durante años.
Fue entonces cuando Shaswot creó un espacio en Discord de manera preventiva, concebido no como un centro de mando, sino como una “capa de coordinación y continuidad”. La moderación del espacio, subrayó, no tenía que ver con ejercer autoridad, sino con mantener la información limpia, regular las emociones y hacer legibles las decisiones a medida que el grupo crecía.
Cuando la gente deja de saber si un mensaje proviene de una persona o de una máquina, la confianza se rompe muy rápido. El objetivo ya no es convencer a la gente de una mentira, sino convencerla de que no se puede confiar en nadaShaswot Lamichhane
No creó un movimiento formal. No publicó un manifiesto. No convocó desde la rabia. Empezó probando. Abrió discusiones en Reddit, contactó a creadores en TikTok y escribió de manera discreta a pequeños círculos de activistas. La idea no era encender la indignación —esa ya existía—, sino evitar que se diluyera.
En ese proceso escuchó por primera vez, gracias a un creador de TikTok, sobre Hami Nepal, una organización juvenil con experiencia en activismo social. Era justo lo que hacía falta: una red de voluntarios con suficiente presencia territorial para que la ciudadanía sintiera que había alguien responsable del otro lado del llamado a la acción.
“Llamé a su presidente. Me invitó a su oficina. La atmósfera en esa habitación es algo que todavía recuerdo con claridad”, relató Shaswot. “En Hami Nepal no se sentían dudosos, sino ansiosos, casi hambrientos. Eran el tipo de grupo que había intentado muchas cosas, se había extendido a distintas causas y estaba esperando algo lo suficientemente grande como para justificar toda esa energía inquieta. Les dije, en esencia: ‘Esto ha comenzado. La gente vendrá estemos listos o no. Si no le damos estructura, o se desvanecerá o se nos escapará por completo’”.
En cuestión de días, la conversación salió de los nichos digitales y entró en el debate nacional. Medios que nunca habían sido contactados comenzaron a cubrir el tema; los influencers hablaron por su cuenta. El lenguaje cambió. La gente dejó de discutir si estaba de acuerdo y empezó a preguntarse si iba a asistir. Ese desplazamiento marcó el punto de no retorno.
Hami Nepal aportó la estructura visible: voluntarios, apoyo médico, rutas básicas, la sensación de que alguien estaba a cargo. Lamichhane permaneció en gran medida detrás de escena, concentrado en cuidar la narrativa, anticipar el comportamiento policial y preparar posibles escenarios de negociación.
La protesta dejó de ser solo una expresión de descontento y se convirtió en un proceso legible, capaz de sostenerse en el tiempo suficiente como para confrontar a un Estado que ya mostraba signos evidentes de agotamiento.
Una vez que el gobierno renunció comenzó el verdadero peligro, recordó Shaswot, porque los vacíos de poder no suelen ser ocupados por quienes están mejor preparados, sino por quienes están mejor posicionados.
El hartazgo social que se había gestado durante décadas se manifestaba de diferentes maneras durante las protestas / Foto: AFP
Fue entonces cuando el servidor de Discord, que había configurado desde antes casi como una “sala de mando” moderna, asumió un papel inesperadamente central. El espacio, pensado inicialmente para coordinar y contener la movilización, se transformó en una sala de debate entre jóvenes de la Generación Z y el Ejército de Nepal para discutir escenarios políticos y la instalación de un nuevo gobierno.
Si se usan con cuidado, reducen los costos de coordinación y exponen la fragilidad institucionalShaswot Lamichhane al referirse a las plataformas sociales
Shaswot subrayó que la moderación de ese espacio nunca se concibió como una forma de autoridad. Su función era otra: mantener la información limpia, regular las emociones y evitar que la conversación se fragmentara o se contaminara con versiones falsas en un momento particularmente delicado.
A unos meses de lo ocurrido, el joven tiene claro que plataformas digitales como Discord pueden funcionar como aceleradores en una democracia, pero también como factores de riesgo si se usan sin cuidado.
“Si se usan con cuidado, reducen los costos de coordinación y exponen la fragilidad institucional”, explicó. “Si se usan mal, erosionan la confianza y hacen ingobernable cualquier proceso”.
“Cuando la gente deja de saber si un mensaje proviene de una persona o de una máquina, la confianza se rompe muy rápido. El objetivo ya no es convencer a la gente de una mentira, sino convencerla de que no se puede confiar en nada”, dijo. “El cinismo se convierte entonces en el arma”.
Al menos 150 mil jóvenes vigilarán los centros de votación en la jornada electoral del próximo 5 de marzo en Nepal / Foto: EFE
El estallido social que sacudió a Nepal en septiembre encontró eco inesperado en otras latitudes: Perú, Madagascar, Bulgaria y México. No como réplica mecánica, sino como referencia simbólica en un contexto global marcado por el desgaste institucional y el desencanto generacional.
En México, una parte de la llamada Generación Z observó lo ocurrido en Nepal no solo como un episodio internacional, sino como un caso que influyó en la forma de debatir, organizarse y movilizarse en el espacio digital.
Pero las similitudes generacionales no bastan para explicar los desenlaces políticos. Las diferencias aparecen cuando se observan los contextos sociopolíticos de cada país, explica Marisela Portillo, académica del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana.
México presenta condiciones muy distintas a las de Nepal: un Estado más sólido y un gobierno que mantiene un respaldo social significativo. Tras el proceso electoral de 2018, recordó, el cambio político fue canalizado a través de las urnas y dentro de los márgenes institucionales. Aunque existen variaciones en los niveles de apoyo, el gobierno conserva una aceptación amplia entre la población.
La académica reconoce, no obstante, que hay un malestar real entre los jóvenes, particularmente una visión crítica hacia los actores políticos. Estudios sobre desafección política juvenil muestran una valoración negativa del desempeño de la clase política, aunque ese desencanto no se ha traducido, por ahora, en protestas generalizadas contra el gobierno en turno.
Shaswot Lamichhane no se considera un héroe, sino una persona que supo aprovechar una ventana de oportunidad / Foto: Cortesía Shaswot Lamichhane
Iván Rejón, integrante del movimiento Generación Z en México, consideró que lo ocurrido en Nepal no puede entenderse como un hecho aislado. Las protestas simultáneas en otros países fueron acumulando inconformidad en el ánimo colectivo, aunque en México esas expresiones adoptaron una lógica propia.
En ese contexto se inscribe la marcha del 15 de noviembre, en la que jóvenes exigieron justicia, seguridad y denunciaron la corrupción. No fue una movilización organizada directamente por el núcleo que después se identificaría como Generación Z, pero sí emergió de forma orgánica desde redes sociales.
Son respuestas paralelas a limitaciones compartidas: el deterioro del nivel de vida, la corrupción y el desencanto generacional. Lo que los conecta es la estructura, no las consignasShaswot Lamichhane
Para Rejón, el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, ocurrido ese mismo mes, terminó de detonar la participación de sectores juveniles. A diferencia de Nepal, subrayó, en México la movilización mantuvo un carácter mayoritariamente pacífico y no derivó en confrontaciones directas con las fuerzas armadas.
Uno de los rasgos más distintivos del movimiento fue el uso de plataformas digitales como Discord para articularse. Su adopción no fue planeada desde el inicio, sino que surgió de manera espontánea al observar cómo había funcionado en Nepal.
En México, explicó Rejón, el formato digital permitió sortear la dispersión geográfica. A través de estas plataformas se conectaron jóvenes de distintos estados, lo que facilitó la comunicación más allá de las marchas.
Con el paso del tiempo, esa intensidad inicial se fue diluyendo. El movimiento comenzó a fragmentarse en células regionales y perdió un espacio digital centralizado. Aun así, de esa experiencia surgieron otros colectivos que han logrado establecer vínculos con jóvenes de otros países, aunque a menor escala.
Shaswot Lamichhane está convencido de que las personas no se mueven por datos ni por ciencia, sino por historias / Foto: Cortesía Shaswot Lamichhane
Para Rejón, el principal obstáculo sigue siendo la fragmentación del discurso y la polarización política, que dificultan la construcción de consignas comunes a nivel nacional e internacional. Aun así, considera que los espacios digitales siguen siendo valiosos para confrontar ideas y salir de las cámaras de eco.
Las protestas modernas se basan menos en la ocupación prolongada de las calles y más en la sincronización, la disciplina narrativa y la presión institucional. Son más silenciosas, más estratégicas y menos románticasRoman Gautam
Desde Nepal, Shaswot Lamichhane reconoció su desconocimiento sobre América Latina, más allá de referencias generales sobre Venezuela, el problema del narcotráfico en México y el hecho de que el país tenga a su primera mujer en la Presidencia. Supo de algunos acercamientos informales entre jóvenes de Nepal y de México, pero aclaró que no se trató de movimientos coordinados.
“Estos no son movimientos exportados”, subrayó. “Son respuestas paralelas a limitaciones compartidas: el deterioro del nivel de vida, la corrupción y el desencanto generacional. Lo que los conecta es la estructura, no las consignas”.
En ese sentido, consideró que las redes sociales pueden servir como herramientas de cambio democrático solo cuando se usan con disciplina. “Amplifican el ruido por defecto. Solo funcionan cuando se combinan con moderación, estructura e incentivos claros”.
Para Roman Gautam, el levantamiento en Nepal —junto con los de Bangladesh y Sri Lanka— puede leerse como parte de una posible “primavera” del sur de Asia. Shaswot, sin embargo, marcó distancia con esa analogía. A su juicio, la diferencia con los movimientos de hace 15 años radica en una mayor densidad de coordinación frente a la visibilidad masiva.
“Las protestas modernas se basan menos en la ocupación prolongada de las calles y más en la sincronización, la disciplina narrativa y la presión institucional. Son más silenciosas, más estratégicas y menos románticas”, dijo.
Para ser claro, no soy el héroe de esta historia. Ningún individuo lo es. La fragilidad del Estado lo es. La alineación de la gente común lo es.Shaswot Lamichhane
“No fue eso. Fue el momento en que un Estado débil chocó con una ciudadanía sorprendentemente alineada, y el Estado se rompió primero. También fue el momento en que alguien que había pasado años observando multitudes desde una pantalla se encontró, de pronto, en una movilización real”.
La experiencia le dejó una conclusión final: no hay una diferencia esencial entre quienes cambian el mundo y quienes no. No es el talento ni el destino. Es quién decide actuar y quién se convence de que no puede.
“Para ser claro, no soy el héroe de esta historia. Ningún individuo lo es. La fragilidad del Estado lo es. La alineación de la gente común lo es. Mi papel fue ver una ventana rara, abrirla y tratar de evitar que todo el país cayera a través de ella. Y al final, lo que hace que esto sea real no es que todo saliera según el plan, sino que casi nada lo hizo, y aun así algo importante cambió”, concluyó.