No sé, al final, cuánto fue el tiempo. Definitivamente fue más que un instante; también, fue menos que algo eterno. Fue, para ser precisos, el suficiente para el recuerdo. Lo pautó un sentimiento propio de estar, al final, completamente satisfecho.
Eso, quiero creer, es la justicia que buscaba. Una certeza interna que se conoce cuando se vive y no puede especularse. Ahora, tras Yosemite, lo sé de cierto.
Entre sus construcciones más conocidas se encuentra la Pirámide del Adivino, de perfil ovalado poco común en el mundo maya; el Cuadrángulo de las Monjas, un conjunto palaciego, y el Palacio del Gobernador, considerado una de las obras maestras de la arquitectura prehispánica mesoamericana
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Parque Nacional de Yosemite en California, Estados Unidos. / Foto: José Luis Sabau
¿Cuánto tiempo es el justo para dedicarle al asombro? Esa es la pregunta incómoda —y, a quien le ocultamos, desagradable— del viajero moderno. Cuánto tiempo dedicarle a una vista para sentir, en lo personal, que valió la pena el trayecto y, en lo general, que se hizo justicia a lo visto.
En algunos sitios, como la Sagrada Familia o la casa de Frida Kahlo, lo resuelven por ti a la entrada. Tienes un tiempo fijo para la maravilla, después del cual, se supone, deberías encontrar la salida más cercana. Nadie lo ejerce con rigor, pero, rara vez, he visto que la gente lo exceda. Pero esos son los pocos —por lo general, también, los más visitados y, por eso mismo, los que se han empaquetado para el deleite detenido de horda tras horda de turistas. Para la mayoría, pasa lo contrario. No hay un tiempo establecido. Estás solo tú y el asombro; el tiempo es el que desees.
"No hay un tiempo establecido. Estás solo tú y el asombro; el tiempo es el que desees". / Foto: José Luis Sabau
Nunca he escuchado que alguien lo discuta en público. Hay un aire impropio de hacerlo. Pero a mi, me ha venido tantas veces, en tantos contextos, que quiero creer —algo adentro me dice que crea—, otros han de compartir el sentimiento. La incómoda certeza que, al final del viaje, hay algo que ver —algo planeado— y que el retorno es inevitable. La cuestión incómoda es cuánto dedicarle.
La respuesta que tengo es vaga, como, tal vez, lo es la pregunta. La saqué en el último viaje donde sentí, dentro mío, que la pregunta se me acercaba, incómoda, como un auto muy cerca, a la derecha, en la utopista. Fue en Yosemite, para ser precisos. Donde habrán más Red Woods y Sequoias que gentes.
Me atrevería a decir que es el corazón de los Estados Unidos, aunque su ubicación sugeriría, más bien, que es el lunar de un brazo o el principio de un pecho. No es del todo errada mi metáfora. Está a cuatro horas de San Francisco —suficientes para sentirse lejos de la civilización—; sin llegar al centro del país. Como nuestro órgano, está a la izquierda; no está muy al norte ni muy al sur. Aunque, reconozco, es más una cuestión de principios. Me niego a aceptar que un país tan plagado de montañas y bosques tendría como su epicentro una ciudad —o varias— que se los han comido. Por ello, mantengo, ha de ser un lugar como Yosemite, donde perdura el Estados Unidos antes de tener el nombre; antes de ser potencia, ya era admirable.
Lo que se hace en Yosemite es, en resumidas cuentas, caminar. / Foto: José Luis Sabau
Lo que se hace en Yosemite es, en resumidas cuentas, caminar. Hay una serie de recorridos que tienen, como propósito, llevarte a puntos clavepara ver el contorno de montañas o el fluir callado de algún río. Otros te llevan a valles amplios con espigas que se mueven libres por el viento, aplastadas, tan solo, por uno que otro visitante con una manta de picnic.
Dada la actividad primordial —y mi predisposición a atascarse en ideas— se me hizo el lugar perfecto para ser asaltado, una y otra vez, por esa cuestión del asombro. Sabía que, al final de cada sendero, tras un par de horas de caminara, habríamos llegado al destino. El camino se acabaría y, de frente, yacería una vista preciosa de un mundo inmaculado. La única manera de volver, sería darle la espalda a aquel asombro y emprender el mismo camino en el sentido contrario. El retorno del que casi nunca se escribe.
Más marcado, todavía, fue el sendero de Glacier Point; el padre de mis dudas y gestor de mis respuestas. A él se llega por carretera hasta un mirador donde, frente de uno, ya están las montañas piedrosas y una cascada intrépida —misma que, el día anterior, cuando la vimos de cerca, no daba más que un par de gotas.
El sendero, en contra de lo previsto, es un descenso hacia un valle tranquilo. Mismo que implica, por lo tanto, que todo lo bajado —rompiendo con las leyes de la física— tendrá que ser subido. Para llegar, pasan tres cosas. Primero, una caminata pasable por un bosque llorón, donde los troncos han ido cayendo uno sobre de otro y, muy de vez en cuando, bloquean el camino. Después, una línea recta al borde de una montaña. A la izquierda, una cima que, con cada paso y sin percatarse, se hace más distante; a la derecha, entre los resquicios contados de los árboles, vistas infinitas de aquel valle mesurado. Por último, aunque es la gran mayoría del trayecto, un descenso en zig zag por las faldas de la montaña, viendo, frente de uno, las vueltas que faltan para el mirador prometido.
Por último, aunque es la gran mayoría del trayecto, un descenso en zig zag por las faldas de la montaña, viendo, frente de uno, las vueltas que faltan para el mirador prometido. / José Luis Sabau
Habremos tardado, entre todas las vueltas y las pausas cada que había una vista hermosa, unas dos horas en llegar a la base que temía. Dos horas de pensar si nos quedaríamos otra hora ahí abajo o si bastaría con tomar una foto para el recuerdo y decirle, a los demás, la impresión sentida al final.
Lo que me esperaba fue una resolución inmediata de toda duda. Fue una montaña rectangular que se extendía hasta su final abrupto y un viento frío que me hacía volver a ponerme el suéter que, hace escasos minutos, me había quitado por el sudor y el cansancio. Fue un barandal de metal opaco sobre el que puse la mano y otra mano ajena que agarraba la mía. Fue sentirse lejos, muy lejos de todo y cerca, muy cerca del mundo. Fue un cielo azul con manchitas blancas y una multitud desenfrenada de árboles que, no tengo duda, me miraban tanto como yo a ellos.