Ahí estaba el final. El muro donde acaba el museo; donde acababa ese pasillo infinito. Los olmecas, también acababan, como lo hicieron los mayas y los aztecas. El tiempo, que parecía eterno, se cerraba.
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El Museo de Antropología de Xalapa. / Foto: José Luis Sabau
El tiempo es un pasillo largo y blanco, con una sutil inclinación hacia abajo. Cuando estás frente de él, es tan largo que no distingues el final —aunque sabes, eventualmente, el recorrido acaba. La pendiente no ayuda, haciendo que parezca el descenso a una cueva donde la vista recta encuentra su fin predecible, por una pared imprevista que guía a otras profundidades. El blanco es tal que ya no sabes si la luz viene de una letanía de tragaluces, unos focos escondidos o algún tipo de magia. Solo queda un vago entendimiento que hay que bajar y recorrer el camino delante de uno. De entrar al tiempo; a su caverna.
No puedo decir que lo anterior es una metáfora propiamente dicha. Es tan específica que, cualquier lector, ya sospechará que tiene algo más allá de un recurso literario. Pasa, en verdad, que es lo contrario. Si la metáfora es la forma en que entendemos la realidad por medio de una construcción, lo que yo describo es una realidad que me ayudó a entender las construcciones que nos hacemos los humanos. Tal vez, sea lo más honesto que hay; un espacio que te hace pensar y pensar y pensar hasta que entiendes que hablaba de algo que siempre querías expresar pero carecías del conducto para hacerlo. En mi caso, el tiempo y el pasado. En mi caso, también, el Museo de Antropología de Xalapa.
Llegué al museo circunstancialmente. Una amiga estaba enseñando una clase veraniega en la Universidad Veracruzana; ella, tapatía, se había metido en la jungla costera una semana sin compañía fuera del programa. Junto con otra amiga, tabasqueña —mejor guía para el clima—, fui a visitarla y, leyendo de la ciudad, encontré dos actividades claras: pasear por los lagos —de lo cual luego escribiré— y el museo que menciono. Por no encontrar más o haber investigado lo menos, llegamos a sus afueras sin saber, siquiera, dónde estacionarnos. Tras dos vueltas por el recinto —un rectángulo con las esquinas achatadas— y haberme saltado el mismo tope dos veces, me bajé a preguntar, confundido, a una caseta de seguridad, solo para enterarme que la calle era el estacionamiento y al museo se entraba a pie a unos pasos de distancia.
Los tres nos llegamos al recinto y vimos la primera de tantas cabezas olmecas. No las conté —como tampoco enumere los escalones ni las maravillas que ahí estaban—; o si así lo quería hacer, habré perdido el deseo a los minutos escasos (recuerdo ver más de cinco; seguro eran menos de diez).
Por tiempo, fuimos directo a la exposición principal, a la izquierda de la primera cabeza junto a un mapa de las culturas que originaron la nación. El museo —y aquí detengo las precisiones— alberga la colección más grande de esa cultura que llamamos olmeca; que habitó por siglos desde la cuenca del Usumacinta hasta la curva veracruzana y que conocemos tan poco que bautizamos con un vocablo azteca.
El museo alberga la colección más grande de esa cultura que llamamos olmeca / Foto: José Luis Sabau
Al acabarse ese pasillo, giras la mirada a la derecha y te encuentras con el corredor infinito. Unos diez o quince desniveles conectados por un par de escaleras. En cada uno, un par de escaleras y una rampa. Cada tres, a la derecha —siempre a la derecha— se abrían salas adicionales. Cada cinco, un guardia malhumorado que nos regañaron por bajar muy rápido y por hablar muy fuerte —especulo que también nos habrían comentado si caminábamos lento y susurrábamos.
Por tres horas que se sintieron como media, vi todo lo que albergaban los olmecas. Vi la cabezas, sí, pero también tronos para los monarcas —si es que eran monarcas, siquiera. Vi figuras de dioses y de animales y de personas. Vi unas piedras preciosas —las menos— y unos grabados aún mejores.
Vi, sobre todo, como pasaba el tiempo. Cómo, al bajar, la piedra pasaba a la arcilla y, al final, la arcilla se hacía en metales—muy pocos—. Los grabados, más cerca del fin, guardaban más detalles que esos del principio; esos que llevaban milenios enterrados sin saber, siquiera, que serían venerados. Que, en la escasa fracción de siglo del museo, no les ha dado el tiempo, siquiera, de desempolvar tras tantos años bajo tierra.
/ Foto: José Luis Sabau
Tanto vi, tanto. Tanto que ya no sé enumerarlo ni, mucho menos lo que aprendí. Si algo, es lo contrario. Caminaba y caminaba; bajaba y bajaba. En las placas leía conjeturas sin certezas y veía figuras de reyes sin nombre. Las salas seguían; las vitrinas ahí estaban. Los arqueólogos, del ahora, hacen lo posible por desentrañar una cultura hace siglos olvidada. Ponen en un museo miles de artefactos y cuentan—con ello—en crear de nuevo el imperio entre pasillos iluminados.
¿Y yo? Yo caminaba. Seguía adelante sin parar sabiendo que, en breve, debía emprender el retorno para llegar con luz a la capital. Pasaba de una estatua otra; de un dios al que sigue. Veía pasar olmecas y olmecas. Pasillo a pasillo. Recorriendo cada letrero sin percatarme—¿cómo no lo hice?—que el final en verdad existía y estaba, muy cuidadosamente, colocado entre urnas funerarias y osamentas ancestrales.
Vi figuras de dioses y de animales y de personas. Vi unas piedras preciosas—las menos—y unos grabados aún mejores. / José Luis Sabau
Voltee para encontrarme, de vuelta, con el pasillo infinito. Estaba igual de grande, frente mío. Estaban las mismas piezas; los mismos escalones; los mismos guardias—agradecidos que, al fin, acababa el recorrido nuestro y preparandose para una horda de niños de primaria que se venía—. Todo seguía.
Lo recorrí, entonces, pensando en cómo el tiempo es una mirada. A veces, al futuro, hacia abajo, desconocido; con miles de objetos que mirar. A veces, es una pausa en cada uno para ver los relieves y preguntare si los hico una persona o los hizo a tiempo. Y a veces, es un ascenso, sabiendo el trayecto y repasando lo visto. Es un camino que ya se ha recorrido—tal vez, por eso, le decimos pasado, porque ya pasamos por sus vitrinas—. Los tres en un mismo recinto.