El deseo de todos los días de la mayoría de las personas, pienso que es levantarse con el entusiasmo, con la certeza, con la bendición de que vamos en un tren fuerte, seguro, vigoroso, rumbo a un futuro mejor, más prometedor, más satisfactorio para todos. Donde la confianza es una virtud del presente y no un anhelo que se vislumbra lejano, confuso y hasta imposible por momentos. Donde los sueños y el entendimiento son fortalezas que impulsan a la armonía, a la tolerancia y al crecimiento, y no amargas pesadillas que se viven dentro de una realidad. Donde el o los conductores a bordo de ese tren son los mejores, los más correctos y, sobre todo, los que tienen esa visión de llevar a sus pasajeros al destino prometido, antes que desviarse por esas veredas que atienden a sus intereses particulares, dejando a la deriva a sus compañeros de viaje, destruyendo no solo los sueños, sino incluso el propio tren.
El tren, si bien no es nuevo, sí podemos decir que es uno de los mejores, equipado con una amplia gama de recursos, colocado en una posición estratégica para dar servicio a todo el mundo, salpicado de ese pasado que le da una identidad profunda y lleno de ese presente que lo mantiene en movimiento, con la mira de transitar por ese futuro que por momentos se pinta de colores algo borrosos, desafortunadamente. Y sí, aun y cuando las vías están cimentadas en roca maciza, pareciera que los conductores se han encargado de desviar la trayectoria llevando a los pasajeros y al propio tren a terrenos pantanosos, donde de a poco se comienza a atascar, poniendo en entredicho el avance de todos.
Y es que cada día, aun y cuando periódicamente se realizan los cambios de conductores y con ello se renueva la maltrecha confianza de los pasajeros, al final los resultados parecen ser siempre los mismos. Con un ímpetu impresionante llegan al volante, dan unos acelerones haciendo aparentar que el tren vuelve a despegar y que comienza a salir del pantano. Los pasajeros brincan de contentos por un periodo corto de tiempo y luego la realidad se vuelve a hacer presente como una maldita pesadilla. Las interrogantes vuelven a rondar en la cabeza de los pasajeros: ¿Acaso el tren se encuentra gravemente descompuesto como para ponerlo en circulación de una forma sostenida y duradera? ¿Acaso los pasajeros se equivocan una y otra vez en la elección de los conductores, convirtiéndose aquello en una maldición propia de un sistema rancio y aviejado? O acaso de entre tantos pasajeros no ha sido posible que surja un conductor que cumpla realmente con las exigencias que las circunstancias ameritan, o tal vez sí los hay, pero el propio sistema simplemente los elimina por así convenir a los intereses muy particulares de una élite, dejando que el tren permanezca de manera constante en el pantano, antes que permitir que vaya por un camino seguro y firme.
Los pasajeros necesitamos ya tener conductores en los cuales podamos confiar, de los cuales podamos sentirnos orgullosos, que respondan a las circunstancias y al momento, que se comporten a la altura y con sus acciones y no solo con sus palabras, se den a la tarea genuina de sacar del pantano a este tren en el que viajamos todos los pasajeros de un país. ¡Basta ya de tantos ensayos, de tantos conductores mediocres y oportunistas que solo ocupan puestos al amparo de una complicidad, y no de una auténtica calidad moral, profesional y, sobre todo, un genuino espíritu de servicio!
El tren una vez más está en el pantano y, aun cuando pareciera que dio un ligero despegue, la realidad se impone. Ojalá los pasajeros de este por fin encuentren el o los conductores que realmente quieran y puedan sacar adelante este tren, antes de que la realidad de todo un pueblo sea más pesada que la esperanza de un futuro mejor.