Análisismiércoles, 18 de abril de 2018
Tambores de guerra
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En este mundo globalizado en el que vivimos, nuevamente se escuchan los tambores de guerra que llaman la atención de propios y extraños. El escenario de combate, al igual que hace un año, es el territorio de SIRIA, donde las grandes potencias han encontrado un campo experimental fértil, para medir su poderío económico y militar. Sin el más mínimo escrúpulo, disponen de los habitantes de este país para usarlos como víctimas.
Efectivamente, Siria es un país que como muchos otros, aqueja graves problemas de democracia y corrupción, de poco crecimiento económico y definitivamente no se puede dejar a un lado el componente de tipo religioso. Pero que, sin embargo, no ha encontrado en la comunidad internacional y sobre todo en aquellos países (potencias) que siempre se han sentido los policías y los dueños de mundo, un apoyo genuino que genere las condiciones de reconciliación y crecimiento del país, en base a un estado de derecho, que tenga como precursor infalible el brazo de la democracia.
Por el contrario, son estos países (potencias) quienes se han encargado de avivar esta guerra civil, tomando partido de un lado y de otro, bajo el pretexto de proteger sus intereses económicos y geopolíticos. Así, por un lado, la corriente que tiende al socialismo es el patrocinador del gobierno de Siria, que prácticamente se ha convertido en una dictadora. Primero el padre, quien gobernó 30 años y ahora el hijo, quien tiene en el poder desde el año 2,000 a la fecha. Por otro lado la corriente capitalista, que bajo el argumento de combatir en primera instancia a los grupos terroristas y a últimas fechas, para combatir al gobierno de Siria, debido a que éste está usando bombas químicas contra su propia población.
En medio de estos argumentos de guerra civil, que es patrocinada por naciones extranjeras con apoyo militar, financiero, político y estratégico, se encuentra la población civil, quienes son los principales afectados. Basta analizar brevemente algunos de los siguientes datos que dan muestra de ello; en el año 2011, cuando inició el conflicto, Siria tenía alrededor de 20 millones 600 mil habitantes, tras 8 años de conflicto, hoy su población es de 17 millones 300 mil aproximadamente. La explicación es sumamente desgarradora y trágica; alrededor de 5 millones de personas se han visto obligadas a emigrar de su tierra, de su país, para convertirse en arrimados, en refugiados de países vecinos y de todo el mundo, con las consecuencias que esto representa de pobreza, marginación, explotación y añoranza por su terruño, religión, cultura y costumbres. Los heridos suman la escalofriante cifra de 1 millón y medio de personas. En la parte más obscura de este drama humanitario, está un número aproximado a las 500 mil personas que han perdido la vida, la gran mayoría de ellos víctimas inocentes (niños), de una guerra que no les pertenece.
A lo anterior, hay que sumarle la crisis humanitaria que hay en Siria, el 70% de su actual población sufre de escasez de agua, de alimentos básicos, de enfermedades, viven en la pobreza extrema y con la permanente amenaza, de que en cualquier momento pueden ser víctimas de un atentado con bombas químicas, orquestado por su propio gobierno o víctimas de los misiles y balas de los países extranjeros, que intentan proclamarse como sus salvadores.
Siria no es un país potencialmente rico en la producción de petróleo; sin embargo, su importancia radica en su posición geográfica, pues es una zona de tránsito estratégica, ya que se encuentra en la región, donde está la tercera parte de petróleo en el mundo y gran cantidad de gas.
Por ello los tambores de guerra, de nuevo han sonado, llaman a zafarrancho de combate, el problema lejos de avistar una solución, parece que cada día se somete a mayor tensión, tanto interna como externamente, los países poderosos velan en país ajeno sus armas y sus intereses, sin importarles que el pueblo de Siria se extermine a sí mismo, ante la mirada atónita de los apáticos pobladores del resto del mundo, que sólo atinamos en el mejor de los casos, a expresar una frase de asombro y condolencia, ¿Qué poca, no cree usted?