Septicemia
“La inseguridad y la violencia son animales incontrolables que suelen terminar atacando a su propio amo”.
-Renny Yagosensky, escritor venezolano.
Vivir con la constante sensación de miedo o incertidumbre por la inseguridad que nos rodea se ha vuelto una constante tan arraigada, que la costumbre de existir con esa condición es una realidad incómoda, pero innegable.
La frase de: “No nos acostumbremos a tanta violencia e inseguridad” se ha vuelto en una advertencia desgastada, trillada, inútil.
Todos en este país experimentamos a diario ese incómodo desasosiego a la hora de salir al trabajo, a la escuela, al supermercado, al banco, al cine, a realizar algún tramite, a comer y a mil actividades más.
Todos al atravesar la puerta de sus hogares ya salen con un importante grado de estrés por no saber lo que pueda pasar, porque en alguna medida, nuestro cerebro y nuestro organismo activan en automático un estado de alerta que agota, que agobia.
El miedo se ha encumbrado una vez más como el mayor y más eficaz mecanismo de control.
El diagnóstico es por demás claro pero hasta ahora, poco o nada importa.
El reto se agrava cuando se agregan dos ingredientes que se han convertido en verdaderos catalizadores del fenómeno social: la falta de personal certificado y bien pagado y la impunidad que se hace cada vez más evidente.
Este escenario del “no pasa nada” ha trascendido a tal nivel que cada vez son más los miembros de la sociedad que participan de manera directa e indirecta en esta realidad, desde quienes protegen de manera intencional hasta quienes callan por temor.
La enfermedad avanza y las nuevas autoridades ya tienen claro que este virus de la inseguridad y la violencia pueden poner en grave riesgo al paciente e incluso contagiar un cuerpo médico que desde hace años ha venido recetando solo “mejorales”.
La etapa de la medicina preventiva aplicada con dosis de valores sirve, pero en este caso sencillamente ya no alcanza para revertir el daño.
@ivanmercadonews

















