A la presidenta Sheinbaum le corresponde determinar su lugar en la Historia. No es nada fácil: tiene un problema interno y otro externo. El primero tiene que ver con su partido, su familia política y su mentor. Lidiar con Morena no es tarea sencilla, cuando todo indica que una buena parte de la cúpula del partido en el gobierno tiene nexos con el crimen organizado o tiene relaciones corruptas con empresarios impresentables. La brecha entre el discurso y los hechos es cada vez mayor, y el descarrilamiento del tren interoceánico es una muestra de ello. La disputa es evidente: Sheinbaum y los reformadores contra los obradoristas. De la ruptura entre ambos grupos depende el futuro del partido en el poder y, en buena medida, la determinación de las políticas públicas del gobierno.
El segundo factor que definirá el lugar de Sheinbaum es externo y tiene que ver, esencialmente, con relación con los Estados Unidos de América. Después de las amenazas de Trump de atacar por vía terrestre a los cárteles mexicanos en territorio mexicano, las palabras de la presidenta pueden entenderse con tono de resignación o de miedo. La presidenta solo afirma lo de siempre: que este es un país soberano y que de ser necesario hablaría con el mandamás estadounidense.
Independientemente del avispero que Trump podría patear en territorio mexicano al atacar a los cárteles, lo que es cierto es que la advertencia de Trump ya no se puede tomar como un trascendido después de lo ocurrido en Venezuela. Sheinbaum no quiere hablar con Trump e incomodarlo, como si eso sirviera de algo. Hay aranceles, hay una nueva dinámica migratoria, hay un gobierno mexicano postrado a las órdenes de Washington y una relación comercial fracturada con nuestro vecino del norte. Muchos sostienen que el primer año del gobierno de Trump pudo haber sido peor que todo lo antes mencionado, pero olvidan que el presidente estadounidense no está haciendo política exterior, sino interior. Sus decisiones en relación con México no se toman dependiendo lo bien o mal que se porte la presidenta mexicana, sino se toman conforme a los intereses económicos y políticos que le convengan a Trump y que refuercen a su electorado.
Portarse bien con el tirano del norte es demasiado riesgoso. No llamarlo para evitar importunarlo es rechazar el papel que debe jugar la presidenta. No es un pleito de vecindad, pero está en juego algo más que ese concepto abstracto y poco útil de “soberanía”. Sheinbaum tendría que poner un alto al mandatario estadounidense que lo obligue a instalar mesas de diálogo y a repensar sus decisiones en relación con México.
De otra forma, la llamada de Sheinbaum ya será para reclamarle sus acciones al presidente norteamericano (un bombardeo o una invasión en territorio mexicano). Hasta ahora, Trump escala en sus amenazas y la parsimonia sigue siendo la estrategia de Sheinbaum. No siempre servirá. Después de Venezuela, el cowboy anda envalentonado. Más vale tomar una actitud férrea como la de Dinamarca y Colombia. La parsimonia del gobierno mexicano parece poco adecuada: parece una avestruz enterrando su cabeza para no ser devorada.