De Narciso, como de todo individuo célebre, se han dicho infinidad de cosas, aunque sólo una de ellas es segura: que murió contemplándose a sí mismo en el espejo de las aguas.
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Un diccionario de mitología clásica dice de Narciso, por ejemplo, lo siguiente: “Según una leyenda beocia, era un hermoso joven que vivía cerca del monte Helicón y del cual se había enamorado otro muchacho, Amnias. Narciso despreciaba el amor y, disgustado con los deseos de Amnias, le envió como regalo una espada, con la orden implícita de que se diera muerte. El amante obedeció, pero antes de morir maldijo al amado; y, en efecto, al pasar junto a una fuente y ver su propia imagen reflejada sobre las aguas, Narciso se enamoró de si mismo tan perdidamente que acabó por suicidarse”.
Según esta leyenda, pues, la muerte de Narciso tuvo lugar gracias a un castigo de los dioses por su homofobia incorregible. Quién sabe. Sin embargo, no es ésta, como ya dijimos, la única versión del mito, pues hay otras todavía, tanto o más fantásticas que la anterior: “Narciso habría tenido una hermana gemela con la que iba siempre de caza y de la que estaba enamorado. Cuando ella murió, fue tanta su pena que se pasaba los días contemplándose en las aguas de un arroyo, pues la imagen borrosa de su propio rostro le recordaba el de su hermana muerta; ésta habría sido, en definitiva, la causa de que la gente creyera que estaba enamorado de sí mismo”.
Tal es la versión de Pausanias, que, aunque incestuosa, no es del todo absurda. ¡Se ven tantas cosas en este mundo! Cabe señalar que, si ésta fuese la versión verdadera, el psicoanálisis debería borrar cuanto antes de su diccionario la palabra narcicismo, pues ya no se adapta nada a su proverbial definición.
Ovidio, en cambio, es de otro parecer: “Narciso, hijo del dios río Cefiso y de la ninfa Leiríope, fue un muchacho de extraordinaria belleza, de quien el famoso adivino Tiresias había vaticinado un triste fin, al revelar a su madre que viviría una larga vida si no llegaba nunca a conocerse a sí mismo. Narciso despertó el amor de muchos hombres y mujeres, pero no correspondió a nadie. Una de sus enamoradas fue la ninfa Eco, quien, debido al castigo que le había impuesto Hera, no podía comunicar a Narciso sus sentimientos, ya que era incapaz de hablar la primera y sólo le estaba permitido repetir los últimos sonidos de lo que oía. Cuando al final consiguió dar a entender sus sentimientos al amado, fue rechazada. La conducta de Narciso acabó por atraer el castigo divino: el joven se enamoró de sí mismo al contemplar su imagen reflejada en las aguas y, desesperado al no poder alcanzar el objeto de su amor ni satisfacer su pasión, permaneció junto al arroyo hasta consumirse. Se decía que el cuerpo de Narciso había sido transformado en el río que lleva su nombre, y también que había dado lugar al nacimiento de la flor así llamada” (Constantino Falcón Martínez-Emilio Fernández Galiano-Raquel López Melero, Diccionario de mitología clásica, Madrid, Alianza, 1980, vol. II, pp. 445-446).
¡Ah, cuántas cosas pueden decirse en torno a una sola persona! ¿Cuál de las tres leyendas, por así decirlo, cuenta lo que en verdad pasó? Lo único cierto, es decir, aquello en lo que todas coinciden, es que el pobre murió contemplándose a sí mismo atormentado por su propia belleza.
Detrás del mito hay una intuición profunda, y es ésta: que la belleza de un ser no es un don para sí misma, sino sólo para los demás. Los seres son hermosos para alegrar la vida de los que los contemplan, pero no para que se pasen la vida contemplándose a sí mismos. Se es bello no para sí mismo, sino para los otros.
No obstante todo lo anterior, permítaseme avanzar una hipótesis que, espero, mis lectores no tomarán a mal, a saber: que esta muerte, en la era de la fotografía, no se habría producido de ninguna manera. Y esto porque el espejo es benévolo con nuestro rostro, en tanto que la fotografía suele ser, casi siempre, despiadada. Los seres más feos, al contemplarse en un espejo, ya no se encuentran tan feos; pero esto es algo que no sucede nunca con los retratos obtenidos de una cámara. El calvo, ante el espejo, no se ve a sí mismo tan calvo, ni el gordo tan gordo, ni el de nariz prominente tan narizón. El espejo es benévolo.
Ya a comienzos del siglo XIX, un agudo contemplador de la comedia humana, Xavier de Masitre (1763-1852) había hecho esta observación en uno de sus libros –acaso en su libro más famoso y traducido: Viaje alrededor de mi cuarto, capítulo 27-: “¡Ay! ¡Es tan raro que la fealdad se reconozca y rompa el espejo!... En el momento en que los rayos de luz penetran en nuestros ojos y van a pintarnos tal como somos, el amor propio desliza su prisma engañoso entre nosotros y nuestra imagen y nos presenta una divinidad… He visto mil veces a las damas y aun a jovenzuelos presumidos, olvidar en pleno baile a sus amantes o a sus queridas, el baile y todos los placeres de la fiesta, para contemplar con verdadera fruición ese cuadro seductor –el espejo- y hasta distinguirle de vez en cuando una mirada en medio de la danza más frenética”.
Con la fotografía es diferente, y es que al eternizar, por así decirlo, un solo segundo de nuestra vida, a veces nos sorprende con la más insincera de nuestras sonrisas o con una mueca que nos hace parecer orangutanes. El espejo perdona: es paciente; la fotografía, en cambio, es justiciera e implacable.
Una cosa, pues, es segura: si Narciso, en vez de contemplarse en el espejo de las aguas, hubiese recibido de manos de la ninfa una foto suya tomada furtivamente por ella misma, por Amnias o por algún otro observador ocasional, aún andaría por allí, en bosques y selvas, cazando lo que pudiera o, ya por lo menos, lo que quedara.