La marcha contra la violencia
Cada que un inocente es asesinado la sociedad se consterna y de inmediato sale a marchar por paz, la escena se ha repetido a lo largo del último año con víctimas inocentes. ¿Pero la autoridad sigue inconmovible, sin hacer nada?
La marcha convocada del templo de La Lomita hacia Catedral por el asesinado de Mizael, dd 15 años, no es un acto político, aunque inevitablemente tenga implicaciones públicas.
Es, ante todo, un grito que nace del duelo y se transforma en exigencia: justicia. “¡Con los niños no!”, se lee en la convocatoria que circula en redes. Una consigna que duele porque revela lo obvio: ni siquiera la infancia está a salvo.
Lo más inquietante no es solo el crimen, sino la normalización que lo rodea. La rapidez con la que los casos se diluyen en la agenda pública. La forma en que la indignación colectiva dura lo que tarda en aparecer otra noticia más cruenta. La violencia en Sinaloa ha dejado de sorprender; ese es, quizá, el mayor fracaso institucional.
Las autoridades suelen responder con comunicados, promesas de investigación, llamados a la calma. Pero la calma no puede construirse sobre el silencio ni sobre carpetas que duermen el sueño burocrático. Cada día sin resultados claros erosiona la confianza ciudadana. Cada crimen sin resolver es un mensaje devastador: aquí se puede matar y no pasa nada.
Porque lo que está en juego no es solo el esclarecimiento de un caso. Es la credibilidad del Estado. Es la posibilidad de que los padres vuelvan a confiar en que sus hijos pueden salir a la tienda y regresar a casa. Es el derecho elemental a vivir sin miedo.
La marcha del domingo será silenciosa, vestida de blanco, cargada de dolor. Pero su mensaje será ensordecedor: la sociedad no quiere más nombres sumados a la estadística. No quiere más adolescentes convertidos en expedientes. No quiere más resignación.
Ricardo Mizael no puede convertirse en otro número. Si su muerte no sacude conciencias ni obliga a resultados, entonces la violencia habrá logrado algo peor que arrebatar una vida: habrá impuesto la indiferencia. Y esa, en cualquier sociedad, es la antesala del colapso moral.















