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La Universidad Autónoma de Sinaloa sigue sumida en una de las etapas más complejas de su historia reciente. En medio de un discurso oficial que habla de reingeniería financiera, comienzan a escucharse con mayor fuerza los pasos de quienes no están dispuestos a cargar con el costo del ajuste: jubilados y trabajadores que ya analizan la vía del amparo como defensa ante los descuentos anunciados.
Y no es un escenario menor. Para quienes dedicaron décadas de su vida a la institución, cualquier reducción al ingreso se percibe no como una solución administrativa, sino como una afrenta. Desde la óptica financiera, los descuentos podrían representar un respiro temporal para las arcas universitarias, pero difícilmente resolverán el problema de fondo si no se toca el verdadero elefante en la sala: el exceso de trabajadores de confianza.
Ahí está la raíz del conflicto. Durante años, particularmente en la etapa en que Héctor Melesio Cuén Ojeda controló la universidad y su brazo político, el Partido Sinaloense, la nómina se convirtió en moneda de cambio. Lealtades políticas a cambio de plazas, cargos y sueldos. Así se construyó una estructura inflada, costosa e insostenible. Negarlo hoy no cambia los hechos: fue una práctica conocida, tolerada y funcional para mantener vivo un proyecto político.
Pretender sanear las finanzas sin desmontar ese aparato es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, una simulación. Ajustar el cinturón solo a quienes no tomaron decisiones ni engordaron la nómina es socialmente injusto y políticamente riesgoso. Los amparos, de llegar en cascada, podrían no solo frenar los descuentos, sino abrir un nuevo frente legal que complique aún más la viabilidad financiera de la UAS.
En este contexto surge una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿le alcanzará al rector Jesús Madueña con gestos políticos para salvar a la universidad? Otorgar un Doctorado Honoris Causa a la madre de la presidenta Claudia Sheinbaum puede leerse como un intento de acercamiento al poder federal, una señal de buena voluntad. Pero el reconocimiento académico no sustituye una política financiera responsable ni garantiza un rescate presupuestal.
La UAS no necesita favores simbólicos ni apuestas a la coyuntura política. Necesita decisiones de fondo, dolorosas quizá, pero equitativas y transparentes. De lo contrario, la reingeniería financiera terminará siendo solo un discurso más… y los amparos, la respuesta inevitable de quienes se niegan a pagar una crisis que no provocaron.