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Análisisdomingo, 23 de marzo de 2025

El cumpleaños del perro / 125 años de Luis Buñuel

Sin embargo, es poco conocido que Buñuel –ágrafo declarado- dejó algunos escritos suyos como implosiones que ayudan, quizás, en algo conocer al hombre cuya pasión por el cine lo llevó a niveles de verdadero artista contestatario.

A continuación, tres textos de Luis Buñuel:

1.- Palacio de hielo

Los charcos formaban un dominó decapitado de edificios de los que uno es el torreón que me contaron en la infancia de una sola ventana tan alta como los ojos de madre cuando se inclinan sobre la cuna.

2.- Antes de irnos al lecho

Los restos de estrella que quedaron entre tus cabellos/ crujían como cáscaras de cacahuete/ la estrella cuya luz descubriste/ hace ya un millón de años/ en el instante mismo en que/ nacía/ un diminuto niño chino.

3.- Lucille y sus tres peces

Tres peces rojos, tres peces japoneses cruzaban y descruzábanse/ en silenciosas espirales sobre la dulce faz de Lucille. En su discreta frente/ hasta entonces sin nubes ni cometas/ locos, habían quedado impresas tres suaves/ ondas.

Un buen día, al llegar la última primavera desapareció/ uno de los peces, aquel a quien/ Lucille bautizó con el nombre de “Tejedor/ de Ensueños”.

Y al llegar el otoño, desapareció el segundo pez japonés,/ aquel “Punzón de Ondas” como le habíamos llamado entre/ sonrisas corteses los amigos.

La frente de Lucille volvió a quedar como antes, como una fuente de/ planta: porque el pez tercero, el “Ovillador silencioso de deseos”/ tampoco estaba… ALLÍ.

Cuando Lucille con su boquita pintada de corazón dice “ALLÍ”/ entornando deliciosamente su ojo izquierdo por el derecho como por una pecera,/ atraviesa sonámbula la sombra del tercer pez japonés, la del “Ovillador/ silencioso de deseos”.

4.- A manera de colofón

Buñuel es el ojo cortado, la mirada interior, el cine en el cuerpo, la pantalla de piel.

      Buñuel es belleza maldita, pudor de diablos, detritus vital. Las imágenes buñuelianas irritan, vivifican, hacen temblar la uva de vinos castos.

      Para ver el cine de Buñuel no basta mirar: hay que padecer. La cámara se mueve y acá, el espectador, sufre de humanismo. Buñuel es hombre y artista; aún más: comprende al hombre porque es artista.

      Buñuel es miedo y placer, encuentro y desencuentro.

      El cine de Buñuel de tantas sombras está saturado de luz. Luz engañosa: silencio y batahola, espacio y sueño.

      El mayor misterio del cine de Buñuel es el desdoblamiento, la clonación del interior del ser.

      Buñuel está en sus filmes. Un filme buñueliano es la contestación al dolor de sabernos finitos, intrascendentes después de todo.

      Buñuel confirma a Eros en su prisión de aire metálico. El cine de Buñuel es pasión, desbordamiento, daga en la yugular de la moral, ácido en la piel de la hipocresía.

      Una película de Buñuel incomoda porque en ella hay, sin duda, arte. Y decir arte en un artista como Buñuel es decir transgresión, rabia, inconformidad de espíritu.

      Buñuel sentó en el banquillo (¿de los acusados?) a Freud y lanzó preguntas certeras sobre el subconsciente, la moral y la sexualidad.

Buñuel es geografía maldita. Es refugio de soledades, de voces asfixiadas por lo insoportable del vivir.

En el cine de Buñuel hay dolor, que es decir mutilación del alma. 

Buñuel escribió con planos morbosos el mundo que quiso perpetuar en la pantalla grande.

El cine de Buñuel es España, México, Francia. Buñuel se extendió en coordenadas de miel, de ácido, de arena.

Para Buñuel el cine no fue grito: fue filo cortante, discurso de espantos.

Porque Buñuel surrealista/ realista/ artista le dio al cine mexicano una inteligencia que no ha vuelto a tener…

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