Cuba: el fin de la utopia
En el plano social, la experiencia desmentía ciertos lugares comunes. No encontré una población desesperada por huir, aunque sí personas preocupadas por mejorar su situación material. Esa preocupación, sin embargo, rara vez derivaba en ansiedad o angustia crónica.
La gente se vestía para cubrirse, comía para alimentarse, trabajaba para cumplir una función social. Ostentación, glotonería, pretensión, vanidad y soberbia —junto con la agitación permanente y la obsesión por la inmediatez— parecían ajenas a la vida diaria.
Cuba mostró, durante décadas, que era posible contener ciertos vicios del mundo moderno; también demuestra ahora que ninguna virtud social sobrevive indefinidamente si se apoya en estructuras económicas inviables y en un poder incapaz de renovarse.
La cuestión permanece abierta: qué forma de vida se construirá cuando desaparezcan las utopías ideológicas y solo quede la responsabilidad de elegir.
















