Temporada de cínicos
Duermen en un partido y despiertan en otro. No hay justificación, ni convicción. No hay siquiera la cortesía de fingir coherencia. Detrás solo hay una lógica muy simple: permanecer atados al presupuesto, conservar poder, obtener inmunidad o acceso a privilegios.
Cuando todo se mezcla y nada se distingue, cualquier exigencia de contornos pierde fuerza. ¿Quién puede sostener hoy una biografía lo suficientemente congruente como para señalar a otro sin reservas? Entre cínicos, la autoridad moral se diluye. ¿Quién puede mirar la paja ajena sin ignorar la viga en la propia?
El cinismo lleva a un empate de degradación, donde nadie está en posición de señalar sin quedar expuesto.
La disolución de cualquier umbral de decencia y congruencia política ha llegado a tal punto que ya no se intenta negar la corrupción: se reclama un lugar dentro de ella. Se exige ser medido con la misma vara que aquello que antes se denunciaba.
El problema de nuestro tiempo no es que la política haya dejado de fingir; es que ya funciona sin necesidad de hacerlo.















