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Stephen Hawking nació el 8 de enero de 1942 –exactamente trescientos años después de la muerte de Galileo–, en Oxford, Inglaterra. Aunque sus padres vivían en Londres, decidieron que esa ciudad era un lugar más seguro para traer un bebé a este mundo durante la Segunda Guerra Mundial. La razón: los alemanes pactaron que no bombardearían Oxford ni Cambridge, sedes de prestigiosas universidades, si los ingleses se comprometían a no arrojar bombas sobre sus centros universitarios de Heidelberg y Gotinga.
Su padre, aunque provenía de una familia de nivel medio, estudió medicina en la Universidad de Oxford y, a la par de su labor como médico, realizaba investigación científica. Su madre era originaria de Escocia y su familia tampoco contaba con muchos recursos, pero también pudo estudiar en la misma universidad. El matrimonio tuvo cuatro hijos: dos niños y dos niñas, de los cuales Stephen fue el mayor.
Hawking ingresó a la Escuela de St. Albans; no destacó en sus estudios y apenas estaba por encima de la media en su clase. Su padre le inculcó el interés por la ciencia y solía llevarlo a su laboratorio para que observara el trabajo que realizaba. Además, le impartía clases de matemáticas hasta que el joven Stephen superó sus conocimientos. Cuando llegó a los últimos períodos del bachillerato se especializó en matemáticas y física.
Aunque su padre quería que estudiara medicina, ingresó al University College, en Oxford, en 1959, con el fin de estudiar física (no contaban con un profesor de matemáticas). Después de tres años en los que reconoce que se esforzó muy poco, Hawking se graduó con honores en ciencias naturales en 1962.
Llegó a la Universidad de Cambridge para estudiar el doctorado en el mismo año que se graduó de licenciatura. Su propósito era investigar sobre cosmología con el astrónomo británico más reconocido de esa época, el profesor Fred Hoyle, pero fue asignado a Dennis Sciama –algo que después agradecería–. Obtuvo el grado de doctor en 1966 y se integró a laborar como investigador en la misma universidad.
Durante su último año en Oxford se dio cuenta de que se estaba volviendo muy torpe. En cierta ocasión, después de haber caído por una escalera, fue a ver al médico, quien sólo le recomendó que dejara la cerveza. Su enfermedad se agravó al ingresar a Cambridge, por lo que acudió con un especialista. Después de una serie de estudios le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica (ELA) –una rara enfermedad del sistema nervioso– a los 21 años, casi al mismo tiempo en que se comprometió en matrimonio.
Aunque la noticia y su esperanza de vida –de dos a tres años– supuso un fuerte golpe anímico, su próximo matrimonio le dio un motivo para vivir, conseguir un trabajo y realizar sus investigaciones. Hawking mencionaba que antes del diagnóstico la vida le aburría, pero con la posibilidad de una muerte próxima se dio cuenta de que tenía muchas cosas por hacer. Utilizando una silla de ruedas y con el apoyo de su esposa, continuó con su vida y su trabajo.
En 1985, en un viaje al CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear) sufrió una neumonía. En el hospital los médicos lo vieron tan mal que le ofrecieron a su esposa apagar el respirador artificial que le habían conectado, a lo que ella se negó. Le fue practicada una traqueotomía, por lo que perdió la capacidad de hablar.
Un experto en informática le envió un programa con el que podía comunicarse. Un sensor colocado en sus anteojos detectaba los movimientos de su mejilla (el único músculo que controlaba) para seleccionar un menú de palabras. Posteriormente, podía guardar el texto, imprimirlo o enviarlo a un sintetizador de voz. Con este método escribía a razón de tres palabras por minuto, y logró presentar diversas conferencias, publicar varios artículos y libros, entre los que destaca “Breve historia del tiempo” (traducido a cuarenta idiomas y con diez millones de ejemplares vendidos).
Aunque años después aparecieron mejores sintetizadores, no cambió el software que utilizaba y el timbre de voz con el que era identificado por millones de personas. Cuando le ofrecieron cambiar el acento a uno británico, contestó con su característico sentido del humor que con el acento americano tenía más éxito con las mujeres.
El trabajo de Hawking versó principalmente sobre la evolución de los agujeros negros –puntos en el universo con una gravedad infinita y de los que nada puede escapar, ni siquiera la luz–, así como el origen y el futuro del Cosmos. Trabajó incansablemente en la búsqueda de una teoría que unificara a las principales leyes de la física. Sus investigaciones abarcaron temas que podrían parecer poco serios, pero que resultan fundamentales como la posibilidad de viajar en el tiempo.
Debido a sus aportaciones científicas recibió múltiples reconocimientos y medallas, entre ellos doce doctorados honorarios y fue miembro de la Royal Society de Londres. Además, ocupó la Cátedra Lucasiana de matemáticas en la Universidad de Cambridge (puesto que tuvo Isaac Newton) de 1979 a 2009. Al final de su libro más conocido expresó que llegaría un momento en que podríamos comprender “la mente de Dios”. Sin embargo, a lo que se refería era a entender por completo las leyes que gobiernan el universo, ya que en realidad él era ateo.
Stephen Hawking se casó con Jane Wilde en julio de 1965; la pareja tuvo tres hijos y fue feliz a pesar del deterioro en su salud, pero con el paso del tiempo la situación terminó por afectar su matrimonio. En 1990 se mudó a vivir con una de sus enfermeras, Elaine Mason, con quien contrajo nupcias nuevamente en 1995. Jane hizo lo mismo con un músico de la iglesia, Jonathan Jones –quien la ayudó durante un tiempo en el cuidado de Hawking–, nueve meses después.
De acuerdo con sus propias palabras, su matrimonio con Elaine fue apasionado y tormentoso, y el hecho de que fuera enfermera le salvó varias veces la vida. Las crisis en su salud terminaron por afectar nuevamente su relación y se divorciaron en 2007. En sus últimos años vivió sólo con su ama de llaves.
Además de sus contribuciones a la ciencia y la incansable labor de divulgación que realizó, Stephen Hawking es un ejemplo de vida para todos nosotros. Alguien que sólo podía mover los músculos de sus mejillas, recomendaba a las personas con discapacidad enfocarse en las cosas que pueden hacer y no lamentarse por lo que no pueden. A toda la población la invitaba a conocer los principios de la ciencia, aunque no dominaran las bases matemáticas necesarias.
Stephen Hawking falleció el 14 de marzo de 2018, a la edad de 76 años. Antes de morir continuaba disfrutando de sus hijos y sus nietos, de sus investigaciones y con muchos planes. Se encontraba muy interesado en el futuro de la humanidad, los viajes al espacio, la búsqueda de nuevas formas de energía, entre otros apasionantes temas. Para finalizar, quiero dejar algunas de sus palabras: “Me la he pasado en grande estando vivo y dedicándome a la investigación en la física teórica. Soy feliz y he aportado algo a nuestra comprensión del universo”.