Añoranzas / Visitar la azotea
Subíamos por una larga, negra y esquelética escalera de fierro a la azotea de nuestra casa. Como no teníamos jardín era nuestro lugar preferido de juegos y escondites…
Había un gran tragaluz que a través de sus vidrios de colores dejaba pasar la luz que iluminaba el recibidor convirtiéndolo en un hermoso caleidoscopio.
Cerca del tragaluz se ubicaban los gordos tinacos que nos servían de soporte para acampar con muñecas, sábanas y cobijas.
Cuando había luna llena era lo mejor. Nuestra azotea se tornaba azul y el tragaluz brillaba aún más.
Pasaron los años, y ya adolescentes subíamos a nuestra azotea con otro propósito y otra inquietud a contemplar la luna. “Blue moon, you saw me standing alone, without a dream in my heart, without a love of my own…”

















