Análisislunes, 9 de marzo de 2026
La normalidad es la crisis
*Antonio Martínez Velázquez
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*Antonio Martínez Velázquez
Otra vez estamos en un mundo en guerra. Para mi generación y las que nos siguen, es el estado natural del mundo. Esta época tiene otras particularidades que desmoronan de a poco lo que de una manera u otra entendemos como “el mundo conocido”, la democracia, el Estado, las economías, todo parece estar en crisis constante y en mayor incertidumbre. No hemos podido imaginar o hacer el nuevo mundo ni nos logramos deshacer de este, propongo algunas reflexiones al especto.
La crisis de la democracia liberal no es una anomalía del sistema; es la manifestación orgánica de las contradicciones del capital en su fase de declive histórico. Durante décadas, la ideología dominante nos ha vendido la ficción burguesa de una democracia expansiva y neutral, ocultando que el entramado institucional fue diseñado como una trinchera para blindar la acumulación de riqueza frente a las demandas materiales de la clase trabajadora. Bajo el consenso de posguerra, las élites occidentales no buscaron empoderar al proletariado, sino contenerlo; construyeron una “democracia restringida” que delegaba el poder real en aparatos burocráticos, cortes y agencias tecnocráticas inalcanzables para la soberanía popular. Lo que hoy experimentamos como un “déficit democrático” es, en realidad, la dictadura de la burguesía operando con total eficacia bajo el velo de la legalidad institucional.
Esta infraestructura de contención material se sostiene sobre una hegemonía ideológica absoluta: el Realismo Capitalista. Mark Fisher expuso cómo el sistema ha colonizado nuestra imaginación política, naturalizando la explotación hasta imponer la falsa premisa de que es “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. La racionalidad neoliberal ha cosificado todas las esferas de la vida humana, transformando la ansiedad, el estrés y la depresión —que son respuestas materiales directas a la extrema precariedad del trabajo post-fordista— en meros “desequilibrios químicos” individuales. Al privatizar y patologizar el sufrimiento social, el capital no solo despolitiza la lucha de clases, sino que abre un nuevo y lucrativo mercado para la industria farmacéutica, desactivando cualquier potencial revolucionario.
Hoy, la sed insaciable de plusvalía ha empujado al capital hacia una nueva fase de acumulación por desposesión: el Capitalismo de Vigilancia. Al igual que los cercamientos de tierras privaron a los campesinos de sus medios de subsistencia en los albores de la Revolución Industrial, hoy asistimos a la expropiación y el cercamiento de la experiencia humana. Las corporaciones tecnológicas extraen nuestros datos conductuales como materia prima para hacer el mundo social “legible” al capital, modificando nuestra conducta para garantizar resultados de mercado rentables. Ante esta concentración brutal de poder, la facción más reaccionaria de la élite tecnológica ya ni siquiera finge apego a la fachada democrática; exigen un “reinicio general” para abolir la república e instaurar una “tecnomonarquía” absolutista gobernada por la lógica corporativa. Es el rostro descarnado del capital exigiendo sumisión total, sin mediaciones.
Frente a esta ofensiva, gran parte de la autodenominada izquierda se encuentra paralizada por el individualismo pequeñoburgués, encerrada en lo que Fisher denominó el Castillo de los Vampiros. Esta subcultura, dominada por un moralismo punitivo y el purismo identitario, ha sustituido el análisis materialista y la lucha de clases por la vigilancia neurótica del lenguaje. Al atomizar a los sujetos y propagar la culpa individual en lugar de apuntar a las estructuras de producción, esta dinámica opera como la vanguardia cultural del propio neoliberalismo: destruye la solidaridad de clase y la camaradería, que son las únicas armas reales para amenazar la hegemonía del gran capital.
El resultado de esta parálisis política y sindical es lo que Franco “Bifo” Berardi diagnostica como un “agotamiento” del futuro: una profunda atrofia de la imaginación histórica provocada por la sobreexplotación cognitiva y la dictadura de los automatismos financieros, los cuales operan al margen de cualquier control democrático.
Sin embargo, el materialismo histórico nos enseña que el futuro no está clausurado. Frente a las tesis que proponen la mera “deserción” pasiva ante la catástrofe, la verdadera praxis exige organizar el antagonismo. Salir del abismo implica repolitizar el sufrimiento de la clase trabajadora, negarse a participar en las dinámicas de autovigilancia del “estalinismo de mercado” corporativo, y reconstruir un sujeto colectivo basado en las necesidades materiales de la mayoría. El fin del realismo capitalista no llegará por la simple inercia de sus crisis internas, sino por la acción consciente e implacable de una clase obrera dispuesta a abolir, de una vez por todas, el estado actual de las cosas.