Contexto | Toluca: la 12 de los diablos rojos
Porque lo de diablo y lo de rojo tiene su historia.
Y pase lo que pase en la cancha, Toluca ya está jugando su final desde mucho antes…y ya la ganó.
Correo: contextotoluca@gmail.com
Cronista Municipal de Toluca
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónToluca amanece distinto cuando hay final de futbol. Pues no solo es el clima, ni la altura, ni el volcán vigilante al fondo; es un pulso colectivo que se acelera desde días antes. La final entre Toluca y Tigres no se juega únicamente en la cancha; se vive en las calles, en los mercados, en los barrios y en la memoria compartida de una ciudad que aprendió a narrarse, a contarse, a sí misma a través del futbol.
El Deportivo Toluca no es un equipo más para la sociedad toluqueña. Es una identidad que atraviesa generaciones. En muchas casas, el primer recuerdo futbolero no es un gol televisado, sino la voz del padre o del abuelo contando cómo jugaba Vicente Pereda, Juan Dosal, Amaury Epaminondas, Italo Estupiñan, Cardoso o Vicente Sánchez, cómo se plantaba el equipo en la Bombonera, cómo el Diablo siempre volvía. El Toluca es, para muchos, una forma de pertenencia: un “nosotros” que se reconoce en el color rojo y en la idea de que aquí, en esta ciudad, también se hace historia.
Porque ser diablo y escarlata solo se pudo dar en Toluca y en ningún otro lugar, pues cuenta la historia que en Toluca existían unos hermosos árboles que eran un tesoro para Nezahualcóyotl y que se conocen popularmente como árbol de las manitas. Pues estos arboles tienen unas flores en forma de manita y de color escarlata y los españoles al verlas se sorprendieron y asustaron pues creyeron que las manitas, a la que veían como garras, eran del diablo y mandaron quemar a todos los árboles…solo sobrevivió uno que está en el barrio de Huitzila en Toluca.
Ese fue el origen de los diablos y el color rojo escarlata del Toluca del que se pinta, desde días previos a la final, el entorno del estadio Nemesio Diez, antes la querida Bambonera. Las calles aledañas se llenan de vida desde temprano. Aparecen los puestos de camisetas del Toluca, nuevas, viejas, originales o no tanto, todas con el mismo objetivo: vestir de rojo a la ciudad. Las manos revisan tallas, comparan escudos, preguntan por el número del jugador favorito o por aquella camiseta “como la de antes”. No se compra sólo una prenda; se adquiere un símbolo. Y de ahí hasta el “chorizo power” de Christian Martinoli que bien podría ser el “diablo power” también.
El olor es otro lenguaje. Las carnitas chisporrotean en los cazos, la cecina y la carne de res se asa lentamente, y las tradicionales tostadas de nopales, con su cilantro, su queso y su cebolla en lonchas se preparan como si la final fuera también una gran fiesta gastronómica. Comer antes del partido es parte del ritual, una forma de compartir mesa y expectativa. Ahí se discute la alineación, se recuerda aquella final pasada, se hace el pronóstico inevitable: “esta es otra vez la buena”. Porque en Toluca se quiere el bicampeonato, trabajo para ello en un ejemplar esfuerzo de equipo en donde las figuras resaltan por el juego de conjunto. El Toluca se ha constituido en un ejemplo social de trabajo en equipo, en donde la alegría y la camaradería ha estado por encima de cualquier individualidad. Y eso es de un gran valor social.
Alrededor del estadio, los viene-viene se convierten en protagonistas silenciosos de la jornada. Apartan espacios, organizan el caos, negocian con quienes llegan desde otros puntos de la ciudad o del país y se elevan los precios y se estaciona por 200, 300 y hasta 500 pesos porque los vecinos, resignados ante tanta gente, abren las cocheras de sus casas y las rentan para los coches “aquí está seguro”, les dice, y pues se ganan una lanita. Así, el espacio público se reconfigura por unas horas, y todos parecen entender las reglas no escritas del día de partido. Hay tensión, sí, pero también camaradería: una economía popular que se activa al ritmo del futbol.
La final despierta respeto y rivalidad. Se reconoce al adversario fuerte, pero también se reafirma la confianza en lo propio. El entusiasmo por obtener la copa número 12 no es una simple ambición deportiva; es el deseo de confirmar una tradición ganadora, de volver a inscribir el nombre de Toluca en lo más alto. Cada conversación termina, de una u otra forma, en ese número: doce. Como si al pronunciarlo se pudiera invocar el futuro.
En medio de la expectativa, la memoria ocupa un lugar central. Se recuerdan a los grandes personajes que forjaron la historia del club: Vicente Pereda, símbolo de liderazgo y entrega; Juan Dosal, firmeza y carácter; Florentino López, referente de una época donde el futbol se jugaba con orgullo y arraigo, y mas Wedell Jímenez, Walter Gassire entre muchos. Sus nombres circulan como relatos fundacionales, recordándonos que este presente se sostiene sobre muchas batallas pasadas.
Hoy, cuando caiga la tarde y el estadio comience a llenarse, Toluca ya está completo. No importa si se entra con boleto en mano o si se vive desde fuera, siguiendo el ruido de la multitud. La ciudad entera parece contener la respiración. Porque antes del silbatazo inicial, ya se ha ganado algo importante: la certeza de que el futbol, aquí, sigue siendo un acto profundamente social, una celebración compartida, una forma de decir quiénes somos. Una forma de identidad.