Las cifras del terror
El problema no es solo la violencia. El problema es la costumbre, la resignación, la anestesia social frente al dolor.
Aquí aparece el verdadero escándalo: la indiferencia política.
Pero normalizar la violencia no la hace inevitable; la hace permanente.
Aceptar el horror como parte del paisaje es renunciar a exigir justicia.
Y un Estado que permite que sus calles se conviertan en depósitos de cuerpos es un Estado que fracasó en lo más básico: proteger la vida.
No estamos vacunados contra el dolor. Estamos abandonados a él.
Y mientras la política siga más preocupada por las elecciones que por los cadáveres, la pregunta no es cuántos cuerpos más aparecerán, sino cuánto más estamos dispuestos a tolerar antes de llamar a las cosas por su nombre.
Porque esto no es normal.
Y no debería serlo jamás.

















