Una historia escrita por José Guadalupe Ramírez Álvarez y narrada por el cronista municipal, Eduardo Rabell, que relata el amor incondicional de una mujer para su hombre amado
La enamorada mujer viajó a la ciudad de Querétaro a toda prisa para instalarse en el Hotel de las Diligencias, se esmeró en su arreglo, y salió despampanante, todos la veían como toda una auténtica princesa.
Impetuosa, decidida y arrojada como era, se trasladó a la Purísima donde estaba el cuartel de Mariano Escobedo, y concertó una cita para que el general pudiera entrevistarse con los príncipes prisioneros.
La princesa es obligada a tomar sus cosas, entre su nerviosismo tira el delicado frasco del perfume que le caracterizaba, ese que dejaba una estela con olor a rosas a su paso e impregnaba los sitios donde se presentaba.
La princesa no puede salvar la vida de Maximiliano, que unas horas más adelante es condenado a muerte un miércoles 19 de junio de 1867.
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Princesa de Salm Salm. / Foto: Cortesía / Museo del Estanquillo
¿Cuánto amor puede dar una mujer al hombre amado?, con esa reflexiva frase comienza el relato del cronista municipal Eduardo Rabell, a la historia “Las rosas de la princesa”, plasmada en el libro de “Leyendas Queretanas”, de José Guadalupe Ramírez Álvarez.
Existió en el antiguo Querétaro una mujer hermosa, con un porte elegante, linda, altiva, apasionada, con un gran don de gentes, con una apariencia que pareciera estuviera hecha a mano, nadie podía resistirse a sus encantos, alta, esbelta con cabellos dorados, ojos soñadores, con delicada boca parecía un clavel, sus manos finas acariciaban al saludar, su voz melodiosa y dulce.
Está irresistible mujer se unió por amor a un príncipe, que más que príncipe, se cuenta fue un aventurero, este hombre se llamaba Félix y este se auto nombraba el príncipe de Salm Salm, el hombre llegó a Querétaro junto al emperador Maximiliano de Habsburgo un 19 de febrero de 1867 y al ser fiel al segundo imperio, se quedó atrapado cuando se dio el Sitio que impuso el General Mariano Escobedo.
La noticia de que su príncipe, estuviera metido en una ratonera con otro príncipe que ahora se hacía llamar emperador, o sea, Maximiliano, la hicieron venir a Querétaro y con todo su encanto se presentó a Mariano Escobedo, para pedir permiso de entrar. Aquel general rudo, serio, inflexible, no cayó en los encantos de la belleza de aquella mujer que sin ser princesa lo parecía, con voz autoritaria le dió un rotundo ¡no! Como respuesta.
Félix, príncipe de Salm Salm. / Foto: Cortesía / Museo del Estanquillo
Pero para una mujer como ella nada la detendría, así que viajó a San Luis, pues allí se encontraba el presidente don Benito Juárez, teniendo otro rotundo no por respuesta, por más que rogó y suplicó poder entrar a Querétaro, la negativa del presidente fue inamovible, por lo que la seductora mujer se estableció en esa ciudad desde la mitad del mes de febrero, hasta que recibió la noticia, un 15 de mayo que había la posibilidad de poder ingresar a la ciudad, pues el sitio se había quitado, ya que el movimiento republicano había triunfado, así que la esperanza volvió a la apasionada Agnes Elisabeth Winona Leclert, nombre real de la princesa de Salm Salm.
Sitio de Querétaro. / Foto: Cortesía / Museo de la Restauración de la República
Exquisita se presentó ante la cárcel que se encontraba en el Templo de Santa Teresita para visitar a los presos, entre esa monserga de calabozos, la princesa era simplemente un edén en el desierto, “una hada en su cuento de hadas”, llegó sonriendo, amable, impresionando a los soldados, que aunque cautivados por su belleza, no sabían tratar a una dama, mucho menos a una princesa tan delicada, amante de lo bello y de los olores agradables como el de su perfume que tenía esos toque que dan las rosas, por cierto flores preferidas de la elegante mujer.
Tras subir graciosamente las escaleras, llegó a la celda para contemplar el más triste de los paisajes, entre esas horribles cuatro paredes, estaba su príncipe, sucio, triste, con la barba crecida. La princesa se conmovió al ver tan grotesca escena y preguntándose ¿cómo un príncipe, puede caer tan bajo? Su entorno era igual de desolador, todo era sucio, descuidado, pero el gran amor que le tenía a su príncipe la hicieron dejar de lado su horror y echarse a los brazos de ese hombre caído en desgracia, que ahora su único tesoro era tener el amor de aquella bella dama.
Querétaro de antaño. / Foto: Cortesía / Museo de la Restauración de la República
Cuando la princesa se pudo recuperar del asombro, observó a Maximiliano, quien estaba tendido en un catre, enfermo, tan sucio y triste como su amado; la escena la impactó y desde su corazón determinó que debía ayudar a los príncipes presos al costo que fuera.
Dentro de un perfumero se encontraba la esencia a rosas. / Foto: Cortesía / Colección
Esa tarde Irene y el príncipe de Salm Salm, junto al emperador Maximiliano abordan una carreta que los lleva a la presencia del general Escobedo. La princesa había podido conseguir dos camisas finas, jabón y algunas mantas para que los príncipes caídos en desgracia pudieran tener aunque fuera un poco de aseo, los artículos conseguidos por la mujer fueron un triunfo, si se recuerda que Querétaro estaba francamente en ruinas, tras más de 70 días de estar sitiado. Una ciudad sin agua potable y donde entre sus calles se olía el hedor a cadáveres, a guerra.
Llegaron ante la presencia del general Escobedo, quien pese a su rudeza era un hombre educado y cortés. Durante su encuentro con Maximiliano, conversaron a solas, pasearon bajo los árboles que daban un poco de sombra para mitigar el intenso calor de aquel mayo de 1867. Escobedo ordenó servir exquisitos refrescos para suavizar el calor. Después de ello se realiza el retorno a la prisión, la plática no había tenido un resultado satisfactorio para los presos. El general Escobedo fue claro al mencionarle a Maximiliano que no habría salvoconducto, no había precio para eximir lo que se venía y no habría ningún trato preferencial.
Templo de Teresitas uno de los sitios donde estuvo preso el emperador. / Foto: Hugo Arciniega / Diario de Querétaro
Llega el momento del juicio y para desgracia de los príncipes estos no tienen ninguna defensa, pues los abogados de Maximiliano no llegan a tiempo a Querétaro, por lo que es preciso aplazar el juicio y hace falta una audición de ello, pero ¿quién podría obtener esto?, porque para la República ellos estaban muertos, con base a leyes tanto propias como una extra que había dictado el mismo Maximiliano, situación sin siquiera prevenirla.
Así la intrépida princesa, una vez más toma la batuta y determina que hay que conseguir aplazar el juicio, entonces va rápidamente San Luis en una diligencia para ella sola y poder acudir presto ante la presencia del presidente de la República junto a sus ministros. Para su fortuna consiguió lo que estaba buscando: el aplazamiento. Regresa con prontitud a Querétaro para dar la buena nueva, nada la detuvo ni siquiera el chaparrón que caía con fuerza durante gran parte del trayecto, su misión estaba cumplida, rescatar a los prisioneros, ella llevaba entre sus manos el escrito con el que obtendrían su libertad.
En estas correrías, Escobedo ya sabía del aplazamiento, el telégrafo era rápido, más rápido que las diligencias. Pero la princesa además de bella era inteligente y sabiendo que ese comunicado no tendría gran eco y los prisioneros pudieran ser enjuiciados, acudió a la Casa de Austria, Eduardo Rabell, indica en su grabación para la página Cronista de Querétaro, de la red social Facebook, que no se sabe de qué manera la princesa de Salm Salm, tiene tan pronto acercamiento con la familia real, pero logra hablar con ellos y estos le indican que hay mucho dinero para sobornar y proceder a la fuga de los reos. Ante la pregunta ¿quién seducirá a los guardias? la respuesta definitiva es, la princesa, quien con sus encantos, su aroma a rosas y toda su coquetería, imponía sus peticiones como órdenes. Así llegó ante los coroneles Miguel Palacios y Ricardo Villanueva a los que ofreció mucho dinero, ambos militares se observan y no le dicen ni sí, pero tampoco un no. Es importante mencionar que ambos coroneles no tenían mancha en su expediente, por lo que acuden a Escobedo y le cuentan lo que la señora pretende hacer.
Cuenta la leyenda que aún se puede apreciar el olor a rosas de la princesa. / Foto: Irais Sánchez / Diario de Querétaro
Montado en cólera Mariano Escobedo grita: “¡basta de princesa!, se han tenido bastantes más consideraciones que las que la prudencia aconseja”, y así inicia el juicio de los vencidos. Los principales cabecillas el 13 de junio de 1867. Maximiliano supersticioso como era hizo una exclamación ¡mal agüero, mal agüero!, ese fatídico día se descubren las intenciones de la princesa y es cuando Escobedo ordena su inmediata expulsión.
La princesa es escoltada hasta Santa Rosa Jáuregui y es subida a la diligencia que la llevaría hasta San Luis. A su llegada es sorprendida por la noticia que han condenado a muerte a Maximiliano, enloquecida de dolor acude nuevamente a Juárez a quien suplica, pide, implora de rodillas por la libertad de los presos, pide que al emperador le permitan regresar a su país, pero solo consigue un no, una impenetrable mirada de Juárez, le indican que no accederá a sus ruegos, “no soy yo quien le condena es la República, son las leyes”. Todo el salón queda impregnado de su olor a rosas, cosa extraña si se recuerda que el frasco rosado cayó en Querétaro y ella estaba en San Luis.
Muebles que pertenecieron a la celda de Maximiliano. / Foto: Irais Sánchez / Diario de Querétaro
Dicen que en Querétaro algo raro pasa entre el 14 y el 19 de junio de cada año, la estancia que ocupó la hermosa princesa de Salm Salm huele a rosas, se percibe esa delicadeza de la fragancia de esas flores tan apreciadas por Inés, lo afirma quien viven en ese lugar.