A ocho años de su aprobación, su aplicación enfrenta fallas estructurales en 2026: falta de sistema, escasa coordinación institucional y desconocimiento generalizado
Con la llegada de la primavera, esperan un repunte en visitantes, destacando una amplia oferta de plantas de sombra, ornamentales, frutales y de bajo mantenimiento, ideales para refrescar el hogar en temporada de calor
El joven de 19 años prepara su debut como solista con un sonido íntimo y letras reflexivas; desde la autogestión, cuestiona la falta de visibilidad para artistas emergentes en la escena local
La plaza Nuevo Veracruz abrió con diversos negocios de comida, un cine y tiendas departamentales, sin embargo, ha registrado el cierre de la mayoría de sus locales
Con resultados sobresalientes y una historia de vida inspiradora, continúa representando al país con determinación, llevando su mensaje de superación a cada meta que cruza en silla de ruedas
Niñas, niños y jóvenes con discapacidad física pueden integrarse al equipo xalapeño, donde recibirán entrenamiento especializado en el Gimnasio Fouad Hakim Santiesteban
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
En aquellos tiempos antes de que existiera el tiempo, tal vez todo lo que nos rodeaba era contemplación, volumen y densidad. Existíamos en un estado de pensamiento pesado y silencioso; nuestra esencia, definida por el descanso que imprimíamos sobre la tierra, como ríos de piedra. Ser hielo era ser la memoria del agua, una historia tan densa que convertía la humedad en cristales. Nuestro único tormento comenzaba con la llegada de la primavera: una agitación profunda y elemental en nuestras moléculas. Como si la tierra misma despertara, se formaban lenguajes en la roca y el lodo, coloreando los vacíos blancos y silenciosos con tonos tierra. Despertábamos las voces del paisaje, manteniéndolas vibrantes y vivas hasta el apogeo del verano, moliendo el mundo hasta convertirlo en el limo de la vida. Cada 21 de marzo se conmemora el Día Mundial por los Glaciares.
Una verdad tan visible que se siente pesada. Esos ríos congelados que visten las montañas rebeldes de la Patagonia en un blanco fracturado no son solo puntos de referencia u objetos de estudio: son nuestros ancestros; son nuestros tátara-tátara-tátara-tátara… abuelos. No hay necesidad de búsquedas profundas o teorías complejas para encontrar esta conexión. Nuestro cuerpo está hecho de más agua que hueso, y sabemos que el hielo no es más que agua fría, muy fría… El líquido que actualmente se mueve a través de tu corazón, hidratando tu cerebro y fluyendo por tus venas, es espíritu de un pariente, hasta ahora desconocido: un glaciar “distante”. Somos una extensión andante y latente de la criósfera. Los gigantes sabios de la última Edad de Hielo no han desaparecido; fluyen en ti y en mí.
¿Cuándo olvidamos crujir nuestros miedos? ¿Cuándo perdimos la capacidad de liberar nuestros demonios de la manera en que lo hacen nuestros antepasados de hielo, con ese sonido estruendoso, honesto y libre del peso que se desplaza? Quizá las arrugas que trazan nuestra piel no son solo signos de la edad, sino historias: mapas que van descubriendo lo que el viento escribió alguna vez sobre nuestros cuerpos, cuando aún bostezábamos suspendidos sobre las montañas. Nuestra piel podría ser el registro de tormentas antiquísimas, conversaciones escritas en la matriz del hielo que ahora cargamos en nuestras aguas.
El sol solía dar forma a nuestras grietas, extrayendo agua de nosotros como un suspiro lento y profundo. Transportaba nuestras aguas en un pulso acelerado y controlado, un flujo directo y urgente para despertar la vida dondequiera que la tocara. En ese flujo, nos hacíamos uno con la sal y el mar, uniéndonos al océano como lluvia, ríos o arroyos. Nos convertimos en el hogar de los seres que respiran bajo el agua, y la tierra bebía de nosotros para sostener su propia memoria verde. Devolvíamos al mundo murmullos de paciencia y largas, lentas estaciones de reflexión. Éramos el ritmo que permitía al mundo respirar.
Pero ahora el sol nos quema. Nuestras bocas están llenas de llagas. Estas llagas son los signos de un ritmo que ha sido forzado a moverse demasiado rápido, una fiebre que rompe el pulso antiguo. Nuestras voces se quiebran, se multiplican y resuenan en el aire cada vez más delgado hacia el sur, este, norte y oeste. Tuvimos que decidir entre el cielo, el mar y la roca; entre los árboles, una criatura envuelta en la oscuridad, en el agua profunda o el flujo de la vida humana. Ahora tenemos ojos: somos el grito ahogado en llanto tras un aluvión. Somos los testigos de nuestro propio quebrantamiento.
Hemos convertido la exploración de nuestros ancestros en una caza de trofeos, caminando sobre sus pilares vitales para presenciar un declive que nos negamos a detener. Nuestra propia presencia, nuestra curiosidad invasiva, causa un daño más severo de lo que queremos admitir. La Madre Tierra posee la sabiduría para sanarse a sí misma; ella es la arquitecta definitiva de la regeneración. Necesita nuestra ayuda, pero no en forma de más “cirugías a corazón abierto” realizadas con tecnologías invasivas o monitoreo intrusivo. No necesitamos colonizar el hielo para salvarlo. Debemos ayudarla fortaleciendo su resiliencia, lo que a menudo significa dar un paso atrás y permitir a los gigantes sabios el silencio que necesitan para recuperarse.
Debemos enfrentar una dura verdad por el Día Mundial por los Glaciares: a menos que estemos dispuestos a renunciar a nuestros privilegios, no podremos preservar los glaciares. Ninguna cantidad de dinero, tecnología o buena voluntad resolverá los problemas que hemos causado al tratar estos pilares vitales como objetos a nuestro servicio. No se trata simplemente de culpar a los responsables, sino de un ajuste de cuentas más profundo. Significa reconocer a los glaciares no como objetos utilitarios o simples recursos, sino como nuestros ancestros. Salvar el hielo es salvarnos a nosotros; es honrar una parte de nosotros que todavía está conectada con el ritmo antiguo de la tierra. Alguna vez fuimos glaciares y, en nuestras aguas, aún lo somos.