Para todo el pueblo la figura de Juan era atractiva, enigmática, representaba un gran referente; una novedad tan seductora que nada tenía que ver con el común de los mortales, despertaba curiosidad en la gente, tan es así que, al ver su obrar y al escuchar sus incendiarias palabras, el pueblo se preguntaba si era el Mesías (cfr. Lc 3,15). Dios lo suscitó en un momento crucial de la Historia de la Salvación con una misión especial: preparar el camino del Señor por medio de un signo muy simple pero profundo, el bautismo con agua.
El evangelio no deja de ser sorprendentemente revelador. Está en sintonía con la manifestación a los magos y se considera, como aquél, una Teofanía. Pero, lo que nos ofrece este texto es una teofanía que nos deja sin palabras. Resulta que se acercó Jesús a bautizarse (cfr. Lc 3,21), no porque necesitara que le fueran borrados sus pecados sino reconociendo la grandeza de Juan y avalando, de este modo, su bautismo. Esa es su humillación, su abajamiento que lo hace pasar como uno de tantos en el pueblo. Jesús no vive al margen de lo que hace su gente, de las prácticas importantes para la comunidad. ¡Qué gran enseñanza!, muchas veces procedemos como con una especie de fuero que nos hace creer que somos distintos del resto, que merecemos excepciones y consideraciones.
Mientras Jesús oraba (cfr. Lc 3, 21) sucedieron cosas realmente sorprendentes: se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre Él en forma como de una paloma (cfr. Lc 3,22). Ninguna cuestión menor, seguramente el pueblo jamás antes había tenido una experiencia de esta naturaleza. Pero no sólo eso, del cielo llegó una voz que decía: Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco (Lc 3,22). Ese es el Dios que nos deja ver Jesús, un Dios que ama al mundo, que a la menor provocación hace sentir su amor y su ternura, que tiene detalles clarísimos que nos hablan del gran amor que nos tiene. ¡Dios se complace en cada uno de nosotros!, está loco de amor por todos.
La teofanía de un Dios entrañable, que ama y se comunica con claridad, que responde a la oración. En contraste con la experiencia de un Dios lejano, incólume, fuerte, ¡este es bueno! Ese es el Dios que no tiene problema en revelarse en el Bautismo del Señor con un carácter trinitario, pero que ama, que se complace, que se descubre Bueno, que con toda familiaridad abre el cielo no para lanzar rayos y centellas contra el mundo. ¡Abre el cielo para hablar de su amor!