La fiesta de la Candelaria es muy especial para todos pues, aunque ya se ha terminado el tiempo de la navidad y cada día se avanza en el tiempo ordinario, esta celebración hace un guiño a las ya distantes fiestas del nacimiento del Señor. En muchos hogares esta es la fiesta con la que se comienzan a recoger los nacimientos y belenes, precedidos del festivo y familiar levantamiento del “niño Dios”, al que ya se le viste y entronizado (sentado) se le lleva a bendecir. El origen bíblico de esta celebración está en el acto de purificación de María, que al cumplirse los cuarenta días después del parto, hizo su ofrenda en el templo. Hecho que contienen los evangelios y que hunde sus raíces en una práctica de Israel, de la que da cuenta el Levítico.
La Presentación del Señor coincide también con la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, una ocasión especial para darle gracias a Dios por el don de la vida de tantos religiosos y religiosas que hacen el bien con su testimonio contracorriente en el mundo, con su oración y con su vida de entrega al Señor. Tantos carismas, tantas órdenes, tantos siglos de historia con los que Dios no ha dejado de cultivar el mundo, gracias a tantos y tantos monjes, monjas, hermanos, hermanas, religiosas y sacerdotes. Especialmente ahora, que no corren buenos tiempos para la vida consagrada.
La fiesta de la Candelaria se distingue, entre otras cosas, por el signo de la luz, se bendicen velas que al encenderse recuerdan que Jesús es la luz del mundo, que las tinieblas del pecado y de tanta oscuridad no han podido ni podrán apagar nunca. Esa luz es el signo sensible exterior que recuerda que se enciende una luz en el corazón de todos, una luz que ilumina y da calor. Por eso, todos los bautizamos comparten la tarea común de llevar luz, de encender corazones, de comunicar el calor que viene del Señor. Todos renovamos el compromiso de iluminar toda la espesa oscuridad que nos ciega.
Los padres del Niño lo llevan al templo cumpliendo la ley del Señor, y al presentarlo, también ellos se presentan al Señor. Ahí Simeón, lleno de emoción, canta agradecido a Dios porque sus ojos han contemplado a Jesús, el Salvador del mundo, y Ana, la profetisa habla del Niño a todos. Un cuadro bellísimo, lleno de mensajes y cargado de emocionantes significados para la vida de todos. Una celebración familiar, llena de alegría que congrega a las familias alrededor del Señor, en compañía de la Sagrada Familia.